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Viento y Ceniza ~ Forastera #6 - Diana Gabaldon


El perro fue el que primero se percató de su presencia. Con lo oscuro que estaba, Ian Murray sintió, más que vio, que la cabeza de Rollo se alzaba de repente cerca de su muslo, con las orejas erguidas. 



Puso una mano sobre el cuello del perro y sintió que los pelos de esa zona se erizaban en una señal de advertencia. Había tanta sintonía entre ambos que Ian ni siquiera pensó conscientemente « Hombres» , sino que llevó la otra mano al cuchillo y permaneció inmóvil, respirando. Escuchando. 

El bosque estaba en silencio. Faltaban aún varias horas para el amanecer, y el aire estaba en calma como el de una iglesia; una bruma densa como incienso se elevaba lentamente del suelo. Ian se había tumbado a descansar en el tronco caído de un gigantesco tulipero, puesto que prefería las cosquillas de las cochinillas a que se filtrara humedad entre sus ropas. 

Su mano seguía sobre el cuello del perro, esperando. Rollo gruñía, con un ronquido grave y constante que Ian apenas podía oír pero que percibía fácilmente, como una vibración que subía por su brazo y despertaba cada nervio de su cuerpo. No se había quedado dormido —ya casi nunca dormía de noche—, sino que había permanecido inmóvil, mirando la bóveda celeste, absorto en su habitual discusión con Dios. 

La quietud había desaparecido con el movimiento de Rollo. Se sentó lentamente, con las piernas colgando a un costado del tronco semipodrido, con el corazón latiéndole cada vez más de prisa. La inquietud de Rollo no se había disipado, pero su cabeza giró, siguiendo algo invisible. 

Era una noche sin luna; Ian alcanzaba a ver las débiles siluetas de los árboles y las sombras inquietas de la noche, pero nada más. Entonces los oyó. Eran sonidos de pasos. Estaban aún a bastante distancia, pero se acercaban cada vez más. Se puso en pie y entró lentamente en un charco oscuro debajo de un pino. 

Chasqueó la lengua, Rollo dejó de gruñir y lo siguió, silencioso como el lobo que había sido su padre El lugar de reposo de Ian daba a un sendero de venados. Los hombres que lo seguían no estaban cazando. Hombres blancos. Eso sí que era extraño, más que extraño incluso. 

No podía verlos, pero no era necesario; el ruido que hacían era inconfundible. Los indios, cuando se trasladaban, no eran silenciosos, y muchos de los montañeses con los que vivían podían moverse como fantasmas en el bosque. Pero Ian no tenía ninguna duda: metal, era eso.



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