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Un final perfecto - John Katzenbach

Pelirroja Uno observaba impotente la muerte de un hombre cuando le llevaron la carta a su casa, aislada en una zona rural del condado. Pelirroja Dos estaba aturdida por las drogas, el alcohol y la desesperación cuando su carta cayó por la ranura del buzón de la puerta de su modesta casa de dos plantas en las afueras. Pelirroja Tres contemplaba un fracaso y pensaba que le aguardaban muchos más y peores cuando la carta llegó al depósito de correspondencia que había en la planta situada justo debajo de su dormitorio comunitario. Las tres mujeres se encontraban en un rango de edad de entre los diecisiete y los cincuenta y un años. 



No se conocían entre sí pero vivían a escasos kilómetros la una de la otra. Una era internista. Otra era maestra de secundaria en una escuela pública y la tercera, estudiante de bachillerato en un centro privado. A primera vista, parecían no tener gran cosa en común, excepto un detalle obvio: todas eran pelirrojas. En el pelo liso color caoba de la doctora empezaban a asomar las canas y lo llevaba recogido hacia atrás con un estilo severo. 

Nunca se lo dejaba suelto cuando trabajaba en la consulta. La maestra poseía una melena rizada y leonina y los rizos de pelo rojizo y brillante le caían hasta los hombros como corrientes eléctricas descontroladas, aunque iba desaliñada debido a los funestos avatares del destino. 

La estudiante de bachillerato tenía el pelo ligeramente más claro, de un seductor color fresa que bien habría merecido una canción, si bien enmarcaba un rostro que parecía empalidecer un poco cada día y una piel clara con unas arruguitas fruto de preocupaciones mucho más graves de las que deben experimentarse a tan tierna edad.

Lo que no comprendieron al comienzo es que tenían un nexo común que iba más allá de su sorprendente pelo rojizo. Cada una de ellas, a su manera, era vulnerable. Las cartas no tenían nada especial en el exterior: sobres blancos con el matasellos de la ciudad de Nueva York. Eran del tipo de sobres tintados por motivos de seguridad con pestaña autoadhesiva que se venden en cualquier papelería o supermercado. Ninguna de las mujeres lo sabía cuando abrieron las cartas. 

El mensaje del interior estaba escrito en un papel de notas blanco de poco gramaje e impresas desde el mismo ordenador. Ninguna de las tres tenía tampoco conocimientos forenses para saber que en las cartas no había huellas dactilares ni ningún resto del que se pudiera extraer el ADN —saliva, un pelo suelto, folículos de la piel— que habría dado a un policía experto con acceso a laboratorios realmente modernos una idea de quién enviaba las cartas, si es que el ADN del remitente figuraba en alguna base de datos de criminales.



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