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Tambores de Otoño ~ Forastera #4 - Diana Gabaldon


Escuché los tambores mucho antes de poder verlos. Los golpes resonaban en la boca de mi estómago como si yo también estuviera hueca. Las cabezas se volvían y la gente se quedaba en silencio mirando la calle East Bay, que se extendía desde la estructura en construcción de la nueva aduana hasta los jardines de White Point. El día era caluroso incluso para Charleston en el mes de junio. 



Los mejores sitios estaban en el dique, donde el aire circulaba, pero aquí abajo era como cocerse vivo. En aquel momento, era morbosamente consciente de los cuellos. Coloqué una mano en el mío y lo recorrí con los dedos. El pulso de mis arterias carótidas latía al mismo ritmo que los tambores y, al respirar, el aire húmedo y caliente obstruía mi garganta, ahogándome. 

Bajé la mano y respiré profundamente. Fue un error. El hombre que tenía enfrente no se había bañado en meses. También había varios niños, estirándose boquiabiertos para mirar hacia la calle mientras sus padres, ansiosos, los llamaban. 

La niña más cercana a mí tenía el cuello como la parte blanca de un tallo de hierba, elástico y suculento. Se produjo un estremecimiento entre la muchedumbre cuando la procesión de la horca apareció al final de la calle. Los tambores sonaron más fuerte. 

¿Dónde está? —murmuró Fergus, estirando el cuello para poder ver—. ¡Sabía que tendría que haber ido con él! —Tiene que estar aquí. Quise ponerme de puntillas, pero no me pareció digno para el momento. Seguí buscando alrededor. Siempre podía localizar a Jamie entre la multitud; su cabeza y hombros sobresalían por encima de la mayoría de los hombres y su cabello reflejaba la luz como un destello de oro rojizo. 

Sin embargo, no había rastro de él. Primero aparecieron las banderas, flameando sobre las cabezas de la agitada multitud, con las insignias de Gran Bretaña, de la Real Colonia de Carolina del Sur y el escudo de la familia del lord gobernador de la colonia. Luego llegaron los tambores, marchando de dos en dos y alternando un golpe fuerte con otro más amortiguado. 

Era una marcha lenta, sombría e inexorable. Una marcha fúnebre, así llamaban a aquella cadencia en particular, muy adecuada para las circunstancias. El resto de los ruidos quedaban apagados por el sonido de los tambores. A continuación marchaba el pelotón de casacas rojas, en medio de los cuales se encontraban los



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