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La lista Prohibida - Koethi Zan

Cuatro de nosotras estuvimos confinadas en el sótano los primeros treinta y dos meses y once días de nuestro cautiverio. Y luego, de golpe y sin previo aviso, fuimos tres. Aunque la cuarta chica llevaba varios meses sin hacer ningún ruido, la habitación quedó muy en silencio cuando se fue. Después, durante mucho tiempo, estuvimos sentadas sin decir nada, a oscuras, preguntándonos cuál de nosotras sería la siguiente en ocupar la caja. Jennifer y yo, precisamente, no deberíamos haber acabado en aquel sótano. Nosotras menos que nadie.



No éramos las típicas chicas de dieciocho años que se saltan todas las precauciones en cuanto las dejan sueltas por primera vez en un campus universitario. Nos tomábamos muy en serio nuestra libertad y poníamos tanto cuidado en controlarla que ya casi no existía. Sabíamos mejor que nadie lo que había allí fuera, en el ancho mundo, y no pensábamos dejarnos atrapar. Habíamos pasado años estudiando y documentando metódicamente cada peligro que podía afectarnos en algún momento de nuestras vidas: avalanchas, enfermedades, terremotos, accidentes de circulación, sociópatas y animales salvajes.

Todo lo malo que podía acecharnos más allá de nuestras ventanas. Creíamos que nuestra paranoia nos protegería. A fin de cuentas, ¿qué probabilidades había de que dos chicas tan versadas en desastres fueran presas de alguno de ellos? Para nosotras no existía el destino.

Era un término al que recurrías cuando no te habías preparado, cuando te descuidabas, cuando dejabas de prestar atención. Era la muletilla de los débiles. Nuestra cautela, que a finales de la adolescencia rozaba ya lo maniático, había empezado seis años antes, cuando teníamos doce. Un día de enero de 1991, frío pero soleado, la madre de Jennifer nos llevó a casa en coche desde el colegio, como hacía un día sí y otro no. Ni siquiera recuerdo el accidente.

Sólo recuerdo emerger lentamente hacia la luz al ritmo del monitor cardíaco, cuyo pitido constante y confortador reproducía el ritmo de mi pulso. Después, durante muchos días, me sentía a gusto y completamente a salvo cuando me despertaba, hasta el momento en que se me encogía el corazón y mi mente se ponía al día de lo ocurrido. Jennifer me diría después que ella sí se acordaba con toda viveza del accidente. Su recuerdo era típicamente postraumático: un sueño brumoso y a cámara lenta, con luces y colores que se juntaban y se arremolinaban en una especie de fulgor operístico.

Nos dijeron que teníamos suerte por haber resultado sólo heridas de gravedad y haber sobrevivido a la UCI, con su nebulosa sucesión de médicos, enfermeras, agujas y tubos, y a cuatro meses de rehabilitación en una desnuda habitación de hospital, con la CNN bramando de fondo. La madre de Jennifer no tuvo tanta suerte. Nos pusieron en la misma habitación, aparentemente para que nos hiciéramos compañía durante la convalecencia y, como me dijo mi madre en voz baja, para que yo ayudara a Jennifer a superar su pena. 

Pero yo sospechaba que había también otro motivo, y era que el padre de Jennifer, que estaba divorciado de su madre y era un borracho al que procurábamos evitar, se quitó un peso de encima cuando mis padres se ofrecieron a turnarse para estar con nosotras.

En todo caso, a medida que nuestros cuerpos se curaban, nos fueron dejando cada vez más tiempo solas, y fue entonces cuando empezamos nuestros diarios, para pasar el rato, nos decíamos, aunque seguramente en el fondo las dos sabíamos que era, en realidad, para intentar convencernos de que ejercíamos cierto control sobre un universo injusto y bárbaro.



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