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Escrito con la Sangre de mi Corazón ~ Forastera #8 - Diana Gabaldon

I

an Murray permanecía inmóvil con una piedra en la mano, observando el lugar que había elegido. Un pequeño claro apartado, entre unas cuantas rocas cubiertas de musgo, a la sombra de los abetos y justo debajo de un enorme enebro. Un lugar al que nadie llegaría casualmente, pero no por ello inaccesible. Quería llevarlos allí. A su familia. A Fergus, para empezar. 



A lo mejor solo a Fergus y ya está. Mamá había criado a Fergus desde que este tenía diez años y, antes de eso, él no había conocido otra madre. Fergus conocía a mamá desde hacía más tiempo que Ian y la quería tanto como él. « Puede que más» , pensó. Los sentimientos de culpa agravaban su dolor. Fergus se había quedado con ella en Lallybroch, para cuidarla y cuidar la casa; él no. 

Tragó saliva con dificultad y, tras adentrarse en el pequeño claro, dejó la piedra justo en el centro. Luego se volvió para mirar. Mientras lo hacía, sacudió la cabeza de un lado a otro. No, tenían que ser dos montículos de piedra. Su madre y el tío Jamie eran hermanos, así que la familia podría llorarlos allí a los dos… pero también podría llevar a otras personas, tal vez, para que los recordaran y les presentaran sus respetos. 

Sí, las personas que habían conocido y apreciado a Jamie Fraser, pero que no distinguirían a Jenny Murray de un agujero en… La imagen de su madre en un agujero del suelo se le clavó como si fuera una horca. 

Luego ahuyentó esa idea al recordar que, al fin y al cabo, su madre no estaba en ninguna tumba, y esa nueva imagen se le clavó con más fuerza aún. No soportaba imaginarlos mientras se ahogaban, aferrándose tal vez el uno al otro, luchando por mantenerse… —A Dhia! —exclamó con brusquedad. 

Dejó caer la piedra y se volvió para buscar otras. Había visto a más de un ahogado. Le rodaron lágrimas por las mejillas, mezcladas con el sudor de aquel día de verano. Pero no se preocupó, solo se detenía de vez en cuando para limpiarse la nariz con la manga. Se había enrollado un pañuelo en torno a la cabeza, para que no se le metieran en los ojos ni el pelo ni las gotas de sudor. 

No había añadido ni veinte piedras a cada uno de los montículos y el pañuelo ya estaba empapado. Él y sus hermanos habían levantado un bonito montículo de piedras para su padre antes de que este muriera, junto a la lápida que llevaba su nombre grabado —todos sus nombres, por caro que hubiera salido— en el cementerio de Lally broch. 

Y más tarde, durante el funeral, los miembros de la familia, seguidos de los arrendatarios y luego de los sirvientes, se habían acercado uno a uno para añadir su propia piedra al peso de la memoria



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