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El Asesino de Comparsistas - Fernando Macías

Sentía hambre, mucha hambre. La marea aún estaba bajando y salí de mi cueva con las pinzas en alto, desafiante. El cielo comenzaba a colorearse de un azul cada vez más claro, aunque la bruma que había inundado las charcas me impedía verlo con nitidez.



Anduve raudo entre las rocas intentando encontrar algo que llevarme al estómago. Dentro de una poza, varios camarones picoteaban los restos de una mojarrita que había perecido a causa de una batalla con otra de su especie, lo que hizo que mi apetito se disparara con solo pensar en su jugosa y tierna carne.

Había comenzado a descender cuando el mar golpeó contra las rocas un enorme cuerpo flotante. Era un ser humano, solo vestía una camisa raída y unos calzoncillos que tapaban sus órganos reproductores. Tenía los brazos en cruz y la cara hundida en el agua; el mar era el único que dirigía sus movimientos.

La fuerza de las olas le hizo subir por encima de las rocas dejándolo de costado sobre las piedras. El impacto le rasgó la cara y la sangre cuajada comenzó a asomar por las heridas. El rojizo néctar humano, que varias veces había probado, despertó en mí un instinto irrefrenable y en un abrir y cerrar de pinzas conseguí alzarme hasta su rostro con la ayuda de mis seis patas. El hombre tenía la cara pálida y los ojos carcomidos por los peces.

Así que, sin pensarlo, hinqué mi pinza derecha sobre su globo ocular con poca suerte. No fue hasta el tercer intento que conseguí agarrar el ojo y traerme un buen trozo hacia la boca. Tenía una textura gelatinosa sublimemente deliciosa. Pronto pude comprobar que varios de mis compañeros de charca comenzaban a acercarse con la velocidad de un marrajo que arremete contra su presa, y dejé el deleite para otra ocasión; tenía que ingerir lo máximo posible.

Fue en ese preciso instante cuando otro humano surgió entre la niebla y emitió un desagradable chillido. Después de unos segundos de indecisión, se alzó desde el mar hacia las rocas y me apartó con un manotazo que hizo que me zambullese tres charcas más allá de donde estaba.

―¡Es Juan Carlos, el comparsista! ―vociferó aquel ser que casi me parte en dos. Comprendí que aquello iba a traer jaleo, además de la presencia de muchos humanos más, así que busqué el abrigo de mi pequeña cueva donde digerí pacientemente todo lo que pude tragar...



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