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Atrapada en el Tiempo ~ Forastera #2 - Diana Gabaldon


Roger Wakefield se sentía rodeado en el centro de la habitación. Pensó que la sensación se justificaba plenamente, pues estaba rodeado: por mesas cubiertas de antigüedades y recuerdos, por pesados muebles victorianos tapizados de terciopelo y adornados con tapetes de ganchillo y diminutas alfombras. Rodeado por doce habitaciones repletas de muebles, ropa y papeles. 



Y libros. ¡Dios mío, los libros! Tres de las paredes del estudio estaban cubiertas por estanterías repletas. Había montones de novelas de misterio en ediciones de bolsillo, brillantes y baratas, volúmenes encuadernados en cuero, apretados junto a obras del club de lectores, antiguos tomos robados de bibliotecas desaparecidas y miles de panfletos, folletos y manuscritos. 

Una situación similar prevalecía en el resto de la casa. Libros y papeles cubrían cualquier superficie y los armarios crujían, repletos. Su difunto padre adoptivo había tenido una vida plena y larga, diez años más de los setenta que prescribe la Biblia. Y en sus ochenta y tantos años, el reverendo Reginald Wakefield nunca había tirado nada. Roger reprimió la tentación de salir corriendo por la puerta principal, saltar a su Mini Morris y regresar a Oxford, abandonando la rectoría y su contenido a merced del tiempo y los vándalos.

«Tranquilízate —se dijo, respirando hondo—. Puedes solucionarlo. Los libros son lo más fácil; sólo es cuestión de clasificarlos y llamar a alguien para que se los lleve. Claro que se necesitará un camión gigantesco, pero puede hacerse. La ropa no es problema. A una institución de caridad» 

No sabía qué iba a hacer una institución de caridad con tantas sotanas negras de sarga de 1948, pero tal vez los pobres no fueran tan quisquillosos. Empezó a respirar mejor. Había pedido un mes de licencia en el Departamento de Historia de Oxford para ocuparse de las cosas del reverendo. 

Quizás eso bastara, después de todo. En sus momentos de mayor depresión había pensado que la tarea le llevaría años. Se dirigió a una de las mesas y cogió un platito de porcelana. Estaba lleno de pequeños rectángulos de metal y unos distintivos de plomo que daban las parroquias a los mendigos en el siglo dieciocho como una suerte de identificación; en Escocia los llamaban gaberlunzies. 

Junto a la lámpara había una colección de botellas de cerámica y una caja de rapé en forma de caracol con un aro de plata. «¿Y si las donara a un museo?», pensó no muy convencido. La casa estaba llena de objetos jacobitas. El reverendo había sido aficionado a la historia; y el siglo dieciocho era su campo de investigación.



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