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Parábola del Río - Emilio Mazariegos

Grande y espléndida, la montaña dormía extendida al sol. Los párpados le caían pesados sobre unos ojos redondos y redondos como lunas llenas. Sintió un no sé qué y abrió un ojo. Dejó caer su párpado como cortina de terciopelo y siguió durmiendo. La montaña parecía vivir un sueño maravilloso.



La montaña era silenciosa. Vivía hacia dentro. Un dentro tan enorme y pleno que un día tenía que despertar cosquilleada por la vida que milenios y milenios llevaba en sus entrañas. La montaña tenía vida. Una vida como un mar sin playas o un valle sin montañas. Algún día la montaña tendría playas y mares donde su vida galoparía en caballo apenas agarrada a su crin.

La montaña era feliz. Las noches y los atardeceres caían sobre ella como sobre un cachorrillo arrebujado al sol, cae la caricia de su madre. Las lunas dejaban caer a chorro su luz blanca sobre su rostro y las estrellas tiritaban de alegría al contacto con su piel fresca y limpia. La brisa de la noche la hacía encogerse y el rocío de la mañana desperezarse feliz como un niño puro y libre. La montaña era vida y felicidad.

La montaña era única. Sólo ella se levantaba en el ancho desierto que se perdía entre nubes de arena y sol pesado. Ella era como una torre empinada en el otero o como un campanario subido sobre la aldea.

La montaña sentía un calorcillo dentro de sí como dueña y señora. Rodeaba la montaña un desierto. Un desierto sin caminos. Un desierto perdido. Un desierto extendido al sol como una sábana blanca, inmaculada, fina. La montaña en sus noches eternas oía el canto bello del viento llevando entre sus dedos los granos indefensos de la arena.

El desierto era árido. Árido como la mano de un hombre de campo. El desierto era sensible como los labios de una niña recién estrenada en el amor. El desierto sabía a eco y a paso ligero, a sed y a monotonía, a inmensidad y a soledad, a fiebre y a delirio. El desierto aún no conocía los caminos. El desierto no existía. No. Todo era aún desierto, un único camino llamado desierto.



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