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Dorothy debe morir!! - Danielle Paige


La primera vez que me dijeron que era basura fue tres días antes de mi noveno cumpleaños, un año después de que mi padre perdiera el trabajo y se trasladara a Secaucus, a vivir con una tal Crystal, y cuatro años antes de que mamá tuviera el accidente de coche, de que empezara a tomar pastillas y a ponerse exclusivamente zapatillas de estar por casa en lugar de zapatos normales.



Me informaron de mi inmundicia en el patio. La encargada fue Madison Pendleton, una niña vestida con una sudadera Target que pensaba que era lo más porque en su casa tenían un baño y medio.

—Es Amy, la Sintecho, una vagabunda —les dijo a las otras niñas de los columpios, mientras yo me balanceaba colgada de las barras por las rodillas, sin meterme con nadie, rozando la arena con las coletas—. No tiene dinero y lleva la ropa sucia. No deberíais ir a su fiesta de cumpleaños, o vosotras también acabaréis sucias.

Cuando llegó la hora de mi fiesta de cumpleaños, aquel fin de semana, resultó que todo el mundo había hecho caso a Madison. Mi madre y yo estábamos sentadas ante la mesa de pícnic del parque de recreo móvil Dusty Acres, con nuestros patéticos sombreritos de fiesta, con la tarta rectangular delante, cogiendo polvo. Estábamos las dos solas, como siempre. Después de esperar durante una hora que apareciera alguien, mamá suspiró, me puso otro gran vaso de Sprite y me dio un abrazo.

Me dijo que, por mucho que dijeran en el colegio, que viviera en una caravana no quería decir que fuera basura. Me dijo que era el mejor hogar del mundo porque eso quería decir que podía ir a cualquier parte.

Aunque fuera pequeña, hacía mucho tiempo que me había dado cuenta de que nuestra casa estaba apoyada en bloques de cemento, no sobre ruedas, así que su movilidad era muy discutible. Mamá no sabía muy bien qué decir ante eso.

Tardó hasta la Navidad de aquel año, cuando estábamos viendo El mago de Oz en el gran televisor de pantalla plana —la única cosa física que aún conservábamos de nuestra antigua vida con papá—, en encontrar una excusa:

—¿Lo ves? —dijo señalando la pantalla—. No necesitas que tu casa tenga alas para ir a un sitio mejor. Lo único que precisas es algo que te dé ese empujón que te hace falta. No creo que ni ella se lo creyera, pero al menos en aquel tiempo aún se tomaba la molestia de mentir. Y aunque yo nunca creí en un lugar como Oz, sí creía en ella. Aquello fue hace mucho tiempo. A partir de entonces cambiaron muchas cosas. Mamá ya no volvió a ser la misma. Aunque lo cierto es que yo tampoco.



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