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Terror en el Teatro - Jean Ray


Rotherhite es uno de los barrios más siniestros de Londres; los policías no
circulan por él más que en parejas. Sus calles son estrechas y lúgubres y están
entrecortadas por anchos solares donde viven algunas gentes miserables,
marginadas, en ruinosas casuchas. Sus tabernas son zahúrdas donde se reúne la hez
de la población metropolitana; sin embargo resultan más confortables que los
tabernuchos de mala muerte que hay en Limehouse o Shadwell. Algunas son
célebres, tanto en los anales del crimen como entre los turistas aficionados a las
«tournées de los Grandes Duques», de famosa memoria. 


Una de ellas, «El Tiburón
Azul», es sin duda la reina de todas. Dirige sus destinos el grueso Piffny, uno que
perteneció a la marina mercante, hombre de trato cordial y alegre. Piffny es un pillo
que se cuida muy bien de no ponerse a malas con la policía, pero no es un confidente
a pesar de las atractivas ofertas que a menudo le han hecho en ese sentido.
La taberna no es grande. 

La sala para los bebedores no tiene más allá de una
decena de mesas, muy apretadas, donde toda estrechez tiene su asiento. Un ancho
mostrador cierra completamente el paso al muro del fondo y una ventana se abre en
lo alto de éste. La única luz que hay viene de allí, porque no se puede contar con la de
la ventana que da a la calle, velada siempre con gruesas cortinas.

Una tarde de mayo, en un día frío y lluvioso, Piffny enjuagaba vasos en la enorme
pila de cinc, vigilando con una mirada en apariencia indiferente a dos míseros
vagabundos que se tomaban un pobre tentempié en una de las mesas, regándolo
apenas con unos vasos de la peor cerveza.

Entró un cliente.
Llevaba un grueso ulster[1], y una gorra de viaje echada sobre una oreja le daba
un aspecto casi indecente.
Piffny lo recibió con una mirada furtiva.
—Buenos días, Skeery —murmuró.
—Va a venir uno a buscarme —dijo Skeery en voz baja.
—Entre por la calleja cuando se acabe el vaso —respondió Piffny en el mismo
tono— y pase a la cocina. Lo demás, ya sabe…
En ese momento uno de los vagabundos canturreó un estribillo de marinero, y
Skeery se volvió hacia él.

—¿Se tomarían un vaso ustedes? —propuso bruscamente.
—No se dice que no —respondió el cantante.
—Claro está que nadie piensa en una naranjada.
—Ni en una infusión de manzanilla —dijo el otro.
—Un toddy con ginebra para mí y un grog de coñac para el compañero —habló
otra vez el de la canción.


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