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El Hechizero ~ El Antiguo Egipto #3 - Wilbur Smith

Como una serpiente al desenroscarse, la fila de carros de combate reptaba velozmente por el fondo del valle. Desde el carro que iba a la vanguardia, un muchacho levantó la vista hacia los barrancos que los rodeaban. En la roca viva se abrían las tumbas del pueblo antiguo, que perforaban el risco. Esas oscuras cavidades lo contemplaban como los ojos implacables de una legión de djinns. El joven príncipe Nefer Memnón, estremecido, apartó la vista y con la mano izquierda hizo el gesto para ahuyentar el mal.


Al mirar de reojo, vio que, a través de la polvareda arremolinada, Taita lo observaba desde el carro que los seguía. El polvo había cubierto al anciano y su vehículo con una película pálida. El único rayo de sol que penetraba hasta las profundidades del hondo valle hacía centellear las partículas de mica que se habían adherido al viejo, y éste refulgía como la encarnación de un dios. Nefer agachó la cabeza con aire culpable, avergonzado de que el viejo hubiera sido testigo de su fugaz temor supersticioso. 

Un príncipe real de la casa de Tamosis no podía exhibir semejante debilidad justo cuando estaba a las puertas de la edad viril. Aunque Taita lo conocía mejor que nadie, pues había sido su preceptor desde la infancia. Nefer mantenía con él un vínculo más estrecho que con sus padres y hermanos. La expresión de Taita no se alteró, pero, incluso desde tan lejos, sus viejos ojos parecían penetrar hasta el centro de su ser. Lo veían todo, lo comprendían todo.

Nefer volvió la cara hacia el frente y se irguió junto a su padre, que sacudió las riendas y azuzó los caballos haciendo restallar el largo látigo. Más adelante el valle se abrió abruptamente en el gran anfiteatro que contenía las inhóspitas ruinas de una gran ciudad: Gallala. Sintió una profunda emoción al ver por primera vez ese famoso campo de batalla. El mismo Taita, de joven, había combatido en ese lugar cuando el semidiós Tanus, señor de Harrab, aniquiló a las fuerzas tenebrosas que amenazaban Egipto. Hacía más de sesenta años de aquello, pero Taita le había descrito el combate con todos los detalles. Su relato había sido tan vívido que Nefer tenía la sensación de haber estado presente aquel día trascendental.

Su padre, el dios y faraón Tamosis, encaminó el carro hacia las piedras caídas de la puerta en ruinas y refrenó los caballos. Detrás de ellos, cien carros ejecutaron sucesivamente la misma maniobra. Luego sus conductores bajaron en tropel para que los animales abrevaran. Cuando el faraón abrió la boca para hablar, el polvo acumulado se resquebrajó en sus mejillas y cayó por su pecho.


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