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La Noche De Los Muertos - Ricardo Mariño


A las seis de la tarde Jorge Zaca comenzó a preocuparse por lo que marcaba el indicador de combustible de su auto. Hacía más de una hora que no veía casas ni se cruzaba con ningún vehículo: sólo la ruta interminable y la noche que comenzaba a caer, Más que nada lo atemorizaba la posibilidad de que él y Azul, su hija de nueve años que dormía en el asiento trasero, tuvieran que pasar la noche en medio de esa desolación.


En estos casos, cuando ya no había remedio, se enfurecía contra sí mismo por su informalidad y desorganización. No respetaba horarios, de hecho había salido a la ruto cuatro horas después de lo pensado, y jamás podía prever cosas tan elementales como la cantidad de combustible que necesitaría para el viaje. Desde hacía un par de semanas estaba preocupado por la imagen que le presentaba a su hija, pero no lograba corregirse. Lo único que había hecho, después de proponerse cambios de conducta y de aspecto, era recoger su larguísima cabellera roja con una gomita de farmacia. En lo demás seguía siendo una especie de Papá Noel mal vestido: un gordo enorme con sandalias artesanales, un pantalón a rayas y una camisa con flores lilas y rojas que se podía ver a kilómetros de distancia.

Lo primero que haría al regresar a Bahía Blanca, donde vivía, sería comprarse un traje gris y una camisa blanca. Se estaba diciendo eso cuando vio una camino de tierra que se habría a la derecha. Sin pensarlo demasiado y sin aminorar la marcha, describió una curva muy abierta y siguió por ese camino levantando una nube de polvo. Acaso ese camino llevara a algún pueblito donde cargar bencina.

Cinco minutos más tarde el motor dejó de funcionar. Resignado, se limitó a manejar el volante con un solo dedo hasta que el auto se detuvo definitivamente. Permaneció un par de minutos sentado, mirando hacia el frente, sin que se le ocurriera ninguna alternativa. ¿Cómo saldría de ese maldito lugar con su hija? Además de comprarse el traje gris, en Bahía amasaría tallarines para sus compañeros del grupo de salsa Feos, sucios y malos. El único problema era que él, al proyectar una nueva vida más seria, se había propuesto dejar la música y dedicarle más tiempo al autoservicio Jorgito. 

En esos pensamientos estaba cuando lo interrumpió la voz de su hija:
─¿Nos vamos a quedar acá, papi?
─¿Eh? No, no hijita.
─¿Qué vamos a hacer?
─Voy a conseguir gasolina ─dijo Jorge, y salió del auto con determinación, como si a metros de allí hubiera una estación de servicio. Saltó una zanja y trepó a un poste telefónico para tener una mejor visión de lo que había en los alrededores. Por suerte a unos trecientos metros había algo, tal vez fuera una casa abandonada, pero valía la pena ir a ver.

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