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Una Cabeza llena de Fantasmas - Paul Tremblay


CAPÍTULO 1
—QUÉ difícil debe de ser esto para ti, Meredith.

La escritora de best sellers Rachel Neville lleva puesto un conjunto de otoño perfecto: sombrero azul marino a juego con su recatada falda hasta las rodillas y una chaqueta de lana beige con botones tan grandes como cabezas de gatitos. Se esmera por no resbalar en la superficie irregular de la acera. Las losas de pizarra se han levantado, sobresaliendo del suelo con sus bordes, y se tambalean como dientes de leche sueltos bajo sus pies. De pequeña hacía lazos con mi hilo de seda dental rojo, los anudaba alrededor del diente que se me movía en aquel momento y después los dejaba allí amarrados, colgando durante días, hasta que el diente se me caía solo. 



Marjorie me acusaba de provocadora y me perseguía por toda la casa, intentando tirar del hilo, mientras yo chillaba y gritaba, entre muerta de risa y atemorizada; me asustaba pensar que, si le dejaba tirar de uno, ya no fuese capaz de aguantarse y acabara arrancándomelos todos.

¿De verdad ha pasado tanto tiempo desde que vivíamos aquí? Sólo tengo veintitrés años, pero a todo el que me pregunta le digo que tengo un cuarto de siglo menos dos. Me gusta ver cómo la gente se devana los sesos.

Evito las losas y camino por el abandonado patio delantero, cubierto de malas hierbas y maleza en primavera y verano, aunque ya están empezando a retirarse con las primeras heladas del otoño, las hojas y los tallos sarmentosos me hacen cosquillas en los tobillos y se me enganchan en las zapatillas. Si Marjorie estuviera aquí ahora, seguro que se inventaría sobre la marcha cualquier historia protagonizada por gusanos, arañas y ratones que se arrastran bajo el manto de hojas en descomposición dispuestos a darle su merecido a esa jovencita insensata que se ha alejado de la seguridad que representa la acera.

Rachel es la primera en entrar en la casa. Tiene una llave, y yo no. De modo que me quedo atrás, arranco una tira de pintura blanca de la puerta principal y me la guardo en el bolsillo de los vaqueros. ¿Por qué iba a quedarme sin un suvenir? Es evidente que muchos otros se han llevado ya el mismo recuerdo, a juzgar por lo descascarillado de la hoja de madera y la caspa que cubre el escalón del umbral...


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