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Seda Salvaje - Eloy Tizon


Yo era un niño intrigado que espiaba en la escalera. Crecí tutelado por la mirada vidriosa de los mayores, convencido de que bajo el pupitre de los restantes alumnos se agazapaban tesoros inéditos mientras que el mío sólo servía como museo de virutas y desperdicios. Maduré volcado hacia fuera, con medio cuerpo sacado en la ventanilla, y me trastornó para siempre ver la naturalidad con que el resto de la gente vivía, aceptaban casi, sus vidas obligatorias. Yo me sentía en mi vida como quien va de visita a una casa que no es suya, y experimentaba un impulso interior de trágica maravilla si podía participar en algo del resplandor ajeno y de su dicha perfecta. 


Hasta pasada la infancia no dejó de sobrecogerme la visión de un vestuario repleto de cuerpos crudos y vigorosas almas gemelas untadas de linimento, la espontaneidad con que uno es aceptado como testigo en tales efusivas demostraciones de biografía desnuda y expuesta a las miradas.

La vida empieza demasiado pronto. El problema con la vida es que empieza demasiado pronto, uno no está preparado, yo no lo estaba, la luz se enciende de golpe, se vive, uno no ha acabado de acostumbrarse a vivir y ya está viviendo.

Un día de vacaciones, tendría yo nueve o diez años, jugaba solo con una pelota junto a una tapia sombría. Arrojé el balón con tanto ímpetu que salió despedido y ascendió por encima de la pared de ladrillos. Lo vi elevarse en el cielo y perderse al otro lado del muro, en esa finca privada. Había un auto beige estacionado en la puerta. Ya no sé si empujé los barrotes y éstos cedieron o si las ganas de recuperar el juguete fueron tantas que proyecté mi deseo sobre el sendero y el pozo. Avancé por el parque derrocado entre las greñas de arbustos y al fondo de la glorieta distinguí una vivienda en forma de templete hexagonal, con las persianas subidas. Todo un lado de la torre se encontraba cubierto de hiedra y esto produjo en mi ánimo un efecto extraordinario. 

El sol hirió un cristal, y me asomé por la puerta. En el interior del comedor una anciana en camisón daba de comer a unos patos. Al lado de sus pies reconocí una bufanda violeta encima de una bandeja con sobras del servicio del desayuno. La mujer me echó un vistazo con sus ojazos de hierro y lo que vio debió complacerla porque agarró la bufanda por una punta y me instó a que alcanzara la otra, antes de echar a correr.


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