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Fuego - Joe Hill


Encendidos
Harper Grayson había visto arder en la tele a un montón de gente, como todo el mundo, pero la primera persona a la que vio quemarse en vivo fue en el patio de detrás del colegio.
En Boston y otras zonas de Massachusetts, los colegios estaban cerrados, aunque allí, en New Hampshire, seguían abiertos. Se sabía de casos en el estado, pero eran pocos. Harper había oído que retenían a media docena de pacientes en un ala segura del hospital de Concord, donde les atendía un equipo médico con trajes de protección de cuerpo entero y enfermeras armadas con extintores.


Harper estaba colocándole una compresa fría en la mejilla a un niño de primero llamado Raymond Bly, que había recibido un raquetazo en la cara. Siempre había un par de este tipo de heridos cada primavera, cuando el entrenador Keillor sacaba las raquetas de bádminton. Siempre, sin excepción, les decía a los chavales que se les pasaría andando un poco, incluso cuando los pobres iban con un puñado de dientes en la mano. A Harper le gustaría estar presente cuando el entrenador recibiera un raquetazo en las pelotas, para así poder disfrutar del placer de decirle que se le pasaría andando un poco.
Raymond no estaba llorando al llegar a la enfermería, pero cuando se vio en el espejo perdió la compostura un momento: se le formó un hoyuelo en la barbilla y los músculos del rostro le temblaron de emoción. El ojo estaba morado, negro y casi cerrado, y ella sabía que, para el niño, verse así daba más miedo que el dolor.

Con la intención de distraerlo, fue a por el alijo de golosinas de emergencia, que consistía en una maltrecha fiambrera de Mary Poppins con las bisagras oxidadas en la que guardaba unas cuantas barritas de chocolate pequeñas, cada una con su envoltorio individual. También había un enorme rábano y una patata, artículos que reservaba para los casos de tristeza más graves.
Se asomó a la fiambrera mientras el niño se apretaba la compresa contra la mejilla.
—Hm... —dijo—. Creo que me queda una barrita de Twix en la caja de las golosinas, y me vendría muy bien.

—¿Me vas a dar a mí también? —preguntó el pequeño con voz
congestionada.
—A ti te voy a dar algo mucho mejor. Tengo un delicioso rábano y, si le portas muy bien, dejaré que te lo quedes. Yo me conformaré con la barrita.
Le enseñó el interior de la fiambrera para que pudiera examinar la hortaliza.
—Puaj, no quiero un rábano.
—¿Y una sabrosa patata dulce? Esto es oro puro.
—Puaj. Vamos a echar un pulso por el Twix. A mi padre siempre le gano.

Harper silbó tres compases de «My Favorite Things» mientras fingía pensárselo. Solía silbar fragmentos de musicales de los sesenta y fantaseaba en secreto con que un grupo de amables arrendajos azules y descarados petirrojos se unieran a su canción.

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