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SexCode - Mario Luna

Antes de entrar a abordar ningún otro tema, me gustaría responder a una
pregunta que podrías llegar a plantearte: asdasd asdasd as asdd
¿Qué puede llevar a un hombre a querer consagrar su vida al estudio de la
seducción?
Para contestar a esta legítima pregunta, he decidido compartir contigo
un par de historias personales. Creo que en ellas encontrarás una respuesta
bastante satisfactoria.


EL DÍA QUE TOQUÉ FONDO: LA HISTORIA DE MARTA
Por un momento, me sentí casi satisfecho.
La habitación estaba hecha un desastre. Había velas consumidas, un
cenicero volcado, botellas vacías y un montón de cds desparramados por el
escritorio. El sol, que empezaba a enseñar los dientes, se colaba por las
rendijas de la persiana cerrada. Quedaba poco para que el verano se pusiera
a reclamar lo que era suyo.
Normalmente no fumo, pero la noche anterior había sido una excepción.
Decidí que aquel día también iba a serlo, así que saqué un cigarrillo del
paquete que había sobre la mesilla, lo encendí y le di una larga calada. Con el humo, me invadió una extraña sensación de triunfo. Era como si
algo en aquella paz vampírica me hiciese sentirme más auténtico, más libre,
más especial, más… ¿Me atrevería a decir más hombre?
En medio de aquel desastre, me costaba identificar qué era. En principio,
no parecía haber nada mágico en los condones que salpicaban el cuarto
aquí y allá, ni en las prendas de ropa que adornaban el suelo, las sillas o el
marco de la ventana. Pero hubiese jurado que había algo en todo aquello que
me gustaba. Y, más allá de toda duda, la botella de güisqui a mi derecha y la
silueta femenina que yacía a mi izquierda también contribuían a hacerme
sentir importante.
Por supuesto, siempre podía adoptar una actitud fría y concluir que,
sencillamente, una interminable noche de sexo había liberado en mi cerebro
suficientes endorfinas como para animar a un elefante. Especialmente tras
una mala racha de varios meses, durante la cual no había echado un solo
polvo.
¿Habría, por fin, terminado la mala racha?
Entonces Marta despertó. Y sus primeras palabras tuvieron el efecto de
una sacudida eléctrica, devolviéndome de inmediato a la realidad. Una de la
que llevaba huyendo durante años y que quería olvidar a toda costa.
En un intento desesperado por anular mi conciencia y, con ella, lo que
estaba empezando a sentir, apagué el cigarrillo, puse a Marta boca abajo y le
bajé las braguitas justo por debajo de las nalgas. Ella aceptó mis maniobras
con total sumisión, lo cual no tardó en excitarme de nuevo. Me enfundé un
preservativo y empecé a penetrarla.
Una vez más, había logrado olvidar muchas cosas. Entre ellas, algunos
de mis principios. Algo que, siempre que pudiera mantener a la realidad a
raya, tampoco importaba demasiado. Y alejar la realidad era, precisamente,
un cometido que la lujuria del momento parecía satisfacer bastante bien.
Pero todo acaba.
Y aquello también lo hizo. Acababa de eyacular y estaba haciendo un
nudo en el preservativo. Tenía una sensación extraña en la boca.
—¿Cuáles son tus planes? —preguntó ella.
—No lo sé —respondí—. Creo que igual me voy de esta ciudad.
Aunque no estuviese planeando hacerlo, aquella hubiese sido una buena
respuesta igualmente.
—Bueno —concluyó—. Si pasas por aquí, ya sabes dónde estoy.
Aunque a simple vista parecía una chica del montón, Marta se diferenciaba
de las demás. No era como las otras treinta que meses antes no habían
querido quedar conmigo.
Marta era otra cosa.
En ese momento recobré la conciencia de ello. Y las endorfinas de cien
mil elefantes no bastarían ya para sustraerme de que...
—Son ciento veinte euros… —dijo.
Había pagado por follar. Una vez más.
Algo que, en condiciones normales, me había jurado no volver a hacer. Pero mis condiciones distaban mucho de ser normales. Yo estaba desesperado.
Desesperado sexual, emocionalmente. Y lo estaba hasta tal punto
que había besado apasionadamente a Marta una y otra vez. Incluso había
logrado olvidarme de lo mal que fingía.
Ahora, en su forma de hablarme y de mirarme, no había nada similar al
amor o la atracción. Y, aunque intentaba ir de amiga cómplice, sabía que en
el fondo me despreciaba. Como despreciaba a la mayoría de sus clientes.
Curioso, ¿no?
Ya desde la primera frase que cruzamos, desde su primera mueca de
asco, me había estado preguntando si sería capaz de pagar por su desprecio.
Y ahora, mientras yacía a su lado, me percaté de que esta era ya la segunda
vez que me demostraba a mí mismo que era más que capaz de hacerlo.
Por supuesto, ignoraba la oscura causa de la repulsión que causaba en
las mujeres que me atraían sexualmente. Pero conocía perfectamente lo que
me había llevado a gastarme los ahorros en los gemidos pésimamente fingidos
de Marta y otras prostitutas tantas veces: mi baja autoestima.
Había que reconocerlo. No había nada altruista en mi comportamiento.
No tenía nada que ver con un instinto caritativo que me llevase a dejarme el
sueldo en las putas más tiradas del país. Nada de eso.
Tenía que afrontarlo. Aquello lo hacía por desesperación pura y dura.
Sencillamente había ido descendiendo hasta los peldaños más bajos de la
existencia. Aquellos en los que seres humanos se debaten entre sus escrúpulos
y su deseo de sentirse amados o deseados.
En otras palabras, había tocado fondo.


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