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Me Cuesta Tanto Olvidarte - Mariela Michelena


En Venezuela llamamos «barranco» a ese momento de desesperación que sigue a un desengaño amoroso. Un «barranco» es un despecho en toda regla. Angustia, tristeza, rabia y desconsuelo remojados en aguardiente o ron. Para un «barranco» sería más adecuada una Rockola de cantina que un iPod Touch, porque las noches largas de un «barranco» reclaman un bolero, una ranchera o un tango. La mejor definición de lo que es un «barranco» la encontré en la página de Facebook de «Le Barranco Fratrie»:


Asume tu barranco —dice— y participa en la página de «Le Barranco Fratrie», la única «Hermandad del Barranco» cuyo objetivo es permitir la libre expresión de celos, rabias, llantos, emociones viscerales que te atormentan en la soledad. Ya no estarás sola/o, aquí te ofrecemos un espacio para el desahogo. Comparte con nosotros, aquí tendrás un hombro virtual que liberará tu alma. No importa la naturaleza de tu barranco. Barranco es barranco.

El caso es que este barranco virtual y metafórico me recordó a otro barranco —esta vez uno verdadero— que tuvo una gran importancia en mi niñez. Cuando yo era pequeña, para llegar andando a la avenida principal había que bordear un pequeño barranco verdadero de unos cincuenta metros de extensión y una profundidad completamente insondable para mis ojos infantiles. ¡Un precipicio, vamos! Muchas veces hice el trayecto acompañada de mi madre y muchas otras con mi abuela. Ambas estaban al tanto de mi terror a esos cincuenta metros de abismo, pero tenían métodos muy diferentes de encararlo. 


A mis cinco años, mi madre quería hacer de mí una mujer de mundo, segura, autónoma e independiente; así que se colocaba en un extremo del barranco y me hacía caminar sola al borde del precipicio —entre los coches y el abismo— mientras me animaba con frases del estilo: «¡No seas tonta que no pasa nada!», «¡Camina sin chistar!», «¡Todo el mundo camina por aquí y no le pasa nada!». Mi abuela, en cambio, a esos mismos cinco años, me seguía tratando como a un bebé y no permitía que ningún miedo me rozara. Para eso estaba ella, para interponerse entre mi miedo y yo. Entre cualquier barranco de la vida y yo. Así, cuando teníamos que ir a la gran avenida, dábamos un larguísimo rodeo para que yo no tuviera que acercarme ¡ni de lejos! a mi pequeño abismo. Lo cierto es que a ninguna de las dos se le ocurrió darme la mano y cruzar el barranco conmigo. A ninguna de las dos se le ocurrió reconocer mi miedo y acompañarlo.

Los duelos son esos barrancos que nos sorprenden en el camino de la vida y que dan vértigo. Barrancos que, nos guste o no, tendremos que atravesar para continuar el recorrido. Negarnos a pasar por ellos, no nos salvará del barranco, sino que nos detendrá en su orilla. Atravesar ese terreno escarpado y bordear el precipicio no es agradable, a nadie le gusta, pero la alternativa es quedarnos paralizados. Puede que hagamos grandes esfuerzos, puede que pongamos todo nuestro empeño con tal de no atravesarlo, pero si no avanzamos, es como si estuviéramos pedaleando y pedaleando sobre una bicicleta estática: ¡sudaremos mucho, pero no llegaremos a ninguna parte!



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