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La Estirpe del Dragón - Pearl S Buck


Ling Tan alzó la cabeza. Hasta el arrozal en que se hallaba sumergido en agua hasta las rodillas, le llegaba la fuerte voz de su mujer. ¿Por qué le llamaría a media tarde, esto es, cuando no era hora de comer ni de dormir? En el rincón más lejano del campo, los dos hijos de Ling Tan se inclinaban sobre el agua, moviendo los brazos derechos al unísono mientras plantaban las semillas del arroz.
-¡Eh!-les gritó-.



Los dos, como un solo hombre, se detuvieron al oír la voz de su padre.
-¿No llama vuestra madre?-les preguntó-.
Escucharon. Eran dos jóvenes recios. Mirándolos, Ling Tan sintió íntimo orgullo. Los dos estaban casados ya, y el mayor, Lao Ta, tenía dos hijos, el último de un mes. Lao Er, el segundogénito, se había casado hacía cuatro meses y su mujer empezaba a mostrar mal carácter. Ling Tan tenía aún un hijo más pequeño, Lao San, quien en aquel momento vigilaba al búfalo que debía pastar en algún lugar cercano, al pie de las redondeadas y herbosas alturas del valle. Dos hijas habían nacido también en el hogar de Ling Tan y sólo una de ellas faltaba por casar. La mayor era esposa de un comerciante de la ciudad cuyos muros se veían claramente desde la morada de Ling.

En aquel momento la voz de su mujer sonó de tal modo que hacía imposible toda confusión, llamando a gritos a su marido, sobre los campos.
-¿Dónde estás? ¿Te has vuelto sordomudo?
-Si, es nuestra madre-exclamó Lao Ta-.
Los tres hombres sonrieron. Ling Tan posó en el agua la gavilla de simientes de arroz que tenía en la mano izquierda.
-Suspender el trabajo en plena tarde es tirar dinero -dijo-. No os detengáis.
-Tranquiliza tu corazón sobre ese punto -repuso su primogénito-.

Los dos jóvenes volvieron a encorvarse. A cada movimiento de sus manos plantaban una verde semilla en el agua tibia y fangosa. Sus pies se hundían en el fértil lodo del fondo y el sol caldeaba sus espaldas desnudas. Los dos hablaban bajo los anchos sombreros de bambú tejido que cubrían sus cabezas. Aquellos dos mozos eran buenos amigos y lo habían sido desde que tenían uso de razón. Se llevaban menos de un año. Jamás se habían ocultado cosa alguna. Ni siquiera el casarse con mujeres de distinta familia les había separado. De sus mujeres trataban precisamente cuando su padre fue llamado, y de ellas volvieron a tratar cuando Ling Tan se alejó.

Eran los dos tan jóvenes aún que todo, incluso su propio cuerpo, y lo que comían y bebían, y las incidencias del día y de la noche, les suministraban motivo de reflexión y plática. Para ellos el mundo quedaba limitado por las montañas del valle donde radicaban las tierras paternas, y el centro de ese mundo estaba en el pueblo de Ling, todos cuyos habitantes eran parientes suyos, como lo vinieron siendo entre si hacia centenares de años Incluso la gran ciudad cercana no era para ellos más que su mercado...



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