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Permiso para morir ~ varios autores

Nos recibimos de médicos con dos ideas grabadas a fuego: nunca, nadie
debe morir y siempre hay que hacer algo para evitarlo. Nos lleva la vida
entera comprender que eran falsas.
Hasta no hace mucho tiempo cumplir con aquel mandato resultaba
imposible: la muerte se encargaba de impedir que tuviésemos éxito.
Ahora, en cambio, podemos retrasar el fin de la vida. Sostener una
agonía por medios artificiales durante mucho tiempo. Esta posibilidad,
en ocasiones, nos hace fútiles y peligrosos. A veces el éxito de una
maniobra o de un tratamiento representa un fracaso para el paciente. Las
razones son muchas y muy complejas. Una de ellas es el malentendido
que confunde “permitir” morir con “dejar” morir. Para quienes hemos
sido formados con una educación enfática, la idea de “fin” equivale a
la de fracaso. La muerte es siempre una derrota. Tenemos sentimientos
de culpa y de fallo personal ante el moribundo. Hacemos cosas porque
no podemos tolerar no hacer nada, incluso cuando esa sería la mejor
opción. Es absurdo, es arrogante y omnipotente. Pero hemos creído en
ello como si fuese posible.
Vemos muertos desde muy temprano en nuestra carrera. Pero sólo
mucho tiempo después nos enfrentamos a la muerte. Y más tarde aún,
a veces demasiado tarde, comprendemos su significado. Nadie nos ha
preparado para percibir su sentido profundo y sagrado sino apenas para
pelearla a trompadas, para bajar la cabeza y callarnos cada vez que nos
gana la pelea. Quienes nos hemos dedicado durante muchos años a
atender a personas con enfermedades graves hemos vivido cientos de
situaciones que guardamos en la memoria porque nos han enseñado algo.
Recordamos una cara, un nombre, una mirada, una mano apretando la
nuestra. 

A veces cierro los ojos y revivo una escena que viví hace muchos
años: salgo a la sala de espera de la Unidad de Terapia Intensiva y le digo
a un hombre que su madre acaba de morir. Lo invito a pasar para que
pueda verla. El tipo me sigue pero se detiene en el umbral de la puerta
y retrocede tapándose la cara. Lo miro sin entender. “Está desnuda”,
me dice. “Está muerta”, le digo. “Eso no tiene ninguna importancia;
cúbrala, por favor, doctor.” Son historias que muestran el abismo que
separa la muerte profesional de la real, de la única y auténtica. De la que
tarde o temprano nos alcanzará a todos.

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