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Mariposas en el Estómago #5 - Natalie Convers


—Dilo de nuevo, Beca —exige Alex, y con una de las palmas de su mano rodea
mi nuca y me atrae hacia él, hasta que solo unos pocos centímetros nos separan.
Todas las alarmas de mi cuerpo se disparan como locas.
Mi corazón se acelera.
Me cuesta respirar.
Mis dedos se mueven al mismo ritmo que su mandíbula vocaliza esas palabras y
olvido lo mucho que me pesa la mochila en la espalda con todas las cosas que he
metido para sobrevivir a esta noche de infierno, que estamos en un lugar
desconocido, que Sofía va a regresar en cualquier momento y, sobre todo, que solo he
venido a escondidas hasta aquí para comprobar que los daños que aquellos tipos han
causado a Alex no son graves y que después debo marcharme, en silencio y sin que
nadie me vea.


Que debo marcharme…
En silencio…
Sin que me vea…
Nadie.
La boca me tiembla y no pienso siquiera en el significado de lo que Alex acaba de
pedirme.
Todavía mis manos siguen acariciando el rostro de Alex y comienzo a retirarlas,
pero él toma mis muñecas y me lo impide. La piel me arde cuando sus dedos me
tocan.
—Alex… —murmuro con gran esfuerzo. Él me mira muy fijamente y de un modo
tan intenso que solo deseo poder estar dentro de su mente y no encerrada entre estas
cuatro paredes, limitada por el tiempo y el espacio.
Me parece oír unos pasos y ambos nos quedamos en silencio.
Con las sensaciones a flor de piel, observo de reojo la puerta del cuarto hasta que
las personas que están al otro lado pasan de largo.
Sofía debe de estar cumpliendo con su palabra y eso es algo que debo
reconocerle, a pesar de que todavía no entiendo exactamente por qué nos está
ayudando a Alex y a mí.

La última burbuja de inquietud que estaba conteniendo entre mis pensamientos
explota y noto como mi cuerpo al fin logra respirar. Pero mi alivio no dura mucho
cuando descubro que los ojos azules de Alex están inyectados en sangre por el
agotamiento y que un hilo perlado de sudor le cae por la sien izquierda. El brillo
húmedo de su piel se intensifica con la luz que Sofía ha dejado encendida para mí. A
pesar de lo grande que parece este lugar lo siento claustrofóbico.
«¡Dios mío! ¿Cómo puede hacer una madre esto a su hijo?», medito abrumada por
el profundo dolor que siento debido a unos pensamientos repletos de furia y rabia.
—Alex… Estás despierto —digo y siento que mis ojos se llenan de lágrimas por la
emoción que me provoca verlo consciente. Trato de sonreír.


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