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El libro y sus Orillas - Roberto Luis Zavala


Todavía no consiguen ponerse de acuerdo los estudiosos acerca de quién inventó la imprenta. Por supuesto, ello implica también el cuándo y el dónde. Parece que el problema radica, como ocurre con la democracia y el ejercicio del poder, en la definición misma del término. Si se entiende por imprenta sólo "el arte de imprimir", habrá que conceder el crédito a los chinos, quienes practicaban esta nobilísima actividad tres siglos antes de
que naciera Cristo. Pero si se atiende a una definición más precisa, según la cual sería "el arte de imprimir valiéndose de tipos movibles y auxiliándose con una prensa adecuada", entonces la mayoría de los autores reconoce como inventor de la imprenta europea a Johannes Gensfleisch Gutenberg, y como fecha probable del hallazgo el año de 1440.


Otros investigadores atribuyen la invención al italiano Pánfilo Castaldi, algunos más al holandés Lorenzo Janszoon Coster, y otros, en fin, a un alemán de apellido Mentelin. Todos coinciden, sin embargo, en que el taller del probable maguntino, Gutenberg, fue el centro desde el cual habría de expandirse la imprenta hacia el mundo de entonces. Tampoco se impugna la noticia de que los primeros tipos sueltos (excepción hecha de los manufacturados con anterioridad por chinos y coreanos) fueron fabricados por el prototipógrafo alemán y por un discípulo suyo, Peter Schoeffer o Schoiffer. 

Quede el crédito donde quedare, y más allá de reconocimientos o escamoteos, a partir de entonces el hombre logró reproducir en serie las ideas y conocimientos generados y retenidos por siglos. Cuando planeó el saqueo y la conquista de Maguncia, el elector Adolphe de Nassau estaba lejos de imaginar que ese 28 de octubre de 1462 se iniciaría la expansión de la galaxia Gutenberg hacia todos los confines. La cultura pasó de golpe de una virtual oralidad primaria al ámbito de lo textual. 

Antes, alguien hablaba y convertía a los oyentes en un grupo, en un público verdad ahora, lo impreso propiciaba más bien el viaje introspectivo. Si antiguamente se tenía la sensación, al escuchar a un narrador o al leer un manuscrito, de recibir un conocimiento en genmdio, "haciéndose", con la imprenta el texto parecerá concluido, consumado, y esa impresión de finitud interpondrá mayor distancia entre lector y autor.

En un tiempo en que las noticias viajaban con lentitud exasperante, los conocimientos científicos y su aplicación tenían que remontar además prejuicios y dificultades de todo tipo. Ya se vio que para salir de Maguncia la imprenta hubo de esperar más de veinte años. A nadie asombrará que tardara más de treinta para llegar a España y establecerse en Segovia en 1472, ni que se demorara todavía un año más para alcanzar las tierras valencianas. Poco a poco se extendía por Europa, y en España, de donde había de pasar
al continente americano, fue difundiéndose con toda calma; tanta, que arribó primero a la Nueva España (1539) que a Madrid (1556). 

Esperó casi a que acabara el siglo antes de asentarse en Lima en 1584, y de la Nueva España no pudo dar el salto hacia Puebla sino hasta 1640; ochenta años después, luego de andar el camino que hoy se desanda en unas horas, el invento de Gutenberg entró a Oaxaca en 1720. A estas alturas ya todos leeremos sin sorpresa que Mérida, bastión hispano en la península de Yucatán, vino a recibir la imprenta luego de iniciada la guerra de Independencia: era el año de 1813.

Por lo que respecta a la historia del libro, remitimos a los interesados a la erudita y bien documentada obra de don Agustín Millares Carlo.5 Aquí nos contentaremos con algunos datos más o menos deshilvanados

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