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Neurocuántica ~ La nueva frontera de la neurociencia - Ermanno Paolelli

El vagón del Intercity con􀆟nuaba tranquilamente el curso hacia su meta, poco a poco, dejándome arrullar por el traqueteo, me abandoné finalmente a un dulce duermevela. A medida que el tren se aproximaba a Salerno, empezaba a notar una extraña sensación, una mezcla de distensión y dulzura que sus􀆟tuía la ansiedad y las preocupaciones. No era una sensación invasiva, sino un disolverse, un desplegarse, un abandonarse en un mar de tranquilidad y anhelada paz. Sedación forzada o energía es􀆟mulada, había reencontrado el puerto, como un barco en medio de la tempestad que puede ver el faro, la salida y el final de la niebla. Con el avance del tren, la sensación de armonía tomaba cada vez más firmeza: era como si, con el acercamiento del tren a su des􀆟no, esta tomase cuerpo y, al
llegar a la estación de Salerno, ya me sentía un tanto aligerado.


Decidí darme un paseo por el precioso bulevar de mi ciudad, casi como si quisiera estar seguro de que no fuera todo fruto de mi imaginación, antes de volver a casa. Pero no, no eran imaginaciones mías: aunque pueda parecer extraño, todo era cierto. Recorriendo a pie las calles que me conducían a casa, de nuevo percibí vívidamente la armonía de los sonidos, perfumes y colores. No me esperaba una situación fácil en mi hogar. Como he descrito anteriormente, no nos faltaban problemas; pero, curiosamente, ya no me asustaban. Se podían afrontar, eran humanos, y ya no los consideraba insuperables.

Durante los días siguientes, aquella sensación de armonía se convir􀆟ó en algo cada vez más estable y concreto, y empezó a producir los primeros frutos incluso en el plano 􀄰sico. Empecé a dormir profundamente, volví a comer con ganas, a sentir de nuevo el placer de la vida y la fuerza física fluyendo en mí. En poco más de una semana, era un hombre nuevo que había reencontrado la fuerza de sus vein􀆟séis años, el entusiasmo y las ganas de hacer, el valor de enfrentarme de nuevo a la vida sin miedo y con determinación. Volví, por tanto, a Nápoles y me incorporé con éxito a la batalla; pero no sin ganas de entender
cómo había podido suceder esta transformación tan grande en tan poco 􀆟empo. ¿Cómo habían podido unos simples glóbulos de lactosa impregnados de «agua dulce» con azufre producir semejante milagro? Yo era médico y, aunque joven, bastante experto en psicología. Conocía el efecto placebo, la suges􀆟ón ligada a la toma de fármacos; pero lo que había experimentado iba mucho más allá...


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