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Ella ~ Ella #1 - H Rider Haggard

Al entregar al mundo el testimonio de algo que, si tan sólo fuese visto como una aventura, probablemente sería una de las más extraordinarias y misteriosas experiencias jamás acaecidas a cualquier mortal, me siento obligado a explicar mi precisa vinculación con ello. Ante todo, debo decir que no soy el narrador de esta maravillosa historia, sino únicamente el editor, por lo cual debo relatar cómo llegó a mis manos.
Hace algunos años yo, el editor, estaba con un amigo, «vir doctissimus et amicus meus»[1], en cierta universidad —que para los fines de esta historia llamaremos Cambridge—, cuando un día llamó considerablemente mi atención el aspecto de dos personas que vi paseando cogidas del brazo a lo largo de la calle. Uno de estos caballeros era, sin comparación, el joven más guapo que haya visto en mi vida. 

Era muy alto, muy corpulento, y tenía un aire de gracia y vigor que parecía tan natural en él como en un ciervo salvaje. Por añadidura, su rostro era casi perfecto… tan bello como bondadoso. Y cuando se quitó el sombrero, para saludar a una dama que pasaba junto a él, vi que su cabeza estaba cubierta de pequeños rizos dorados, que crecían pegados a su cuero cabelludo.
—¡Válgame Dios! —dije a mi amigo, que caminaba a mi lado—. Ese tipo parece una estatua de Apolo[2] redivivo. ¡Qué hombre más espléndido!
—Sí —me contestó—. Es uno de los hombres más apuestos de la universidad. Y uno de los más simpáticos también. Lo llaman «el dios griego». Pero mira al otro. Es el guardián de Vincey (éste es el nombre del dios) y se supone que es un erudito. Lo llaman «Caronte»[3], bien porque ha conducido a su pupilo a través de las oscuras aguas de los exámenes, o a causa de su aspecto repulsivo. No sé cuál de las dos versiones es la verdadera.
Lo miré, y descubrí que el hombre mayor era tan interesante a su modo, como el glorioso espécimen de humanidad que se hallaba a su lado. Aparentaba unos cuarenta años de edad y creo que era tan feo como hermoso su compañero* Para comenzar, era de baja estatura, más bien estevado, con un pecho amplísimo y brazos desacostumbradamente largos. Tenía cabellos oscuros y ojos pequeños; el pelo le crecía avanzando mucho sobre la frente y sus barbas casi se unían al cabello, de modo que era excepcionalmente reducido el contenido de su rostro que quedaba a la vista. En conjunto, me recordaba irremisiblemente a un gorila; sin embargo había algo muy agradable y cordial que emanaba de su mirada. Recuerdo que expresé mi deseo de conocerlo.



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