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El Clan del Oso Cavernario ~ Los Hijos de la Tierra #1 - Jean Auel

La niña desnuda salió corriendo del cobertizo de cuero hacia la playa rocosa en el recodo del riachuelo. No se le ocurrió volver la mirada. Nada en su experiencia le daba razón alguna para poner en duda que el refugio y los que estaban adentro siguieran allí cuando regresan.
Se echó al río chapoteando y al alejarse de la orilla, que se hundía rápidamente sintió como la arena y los guijarros se escapaban bajos sus pies. Se zambulló en el agua fría y salió nuevamente, escupiendo, antes de dar unas brazadas firmes para alcanzar la escarpada orilla opuesta. Había aprendido a nadar antes de andar y a los cinco años de edad se encontraba a gusto en el agua. En muchas ocasiones, la única manera en que se podía cruzar un rió era nadando.
La niña jugó un buen rato, nadando de un lado a otro, y después dejó que la corriente la arrastrara río abajo; cuando éste se ensanchó y empezó a hacer borbotones sobre las piedras se puso en pie y regresó a la orilla donde se dedicó a escoger piedrecillas. Acababa de poner una en la cima de un montoncillo de algunas especialmente bonitas, cuando la tierra comenzó a temblar.

La niña vio sorprendida, que la piedrecita rodaba como por voluntad propia, y que las que formaban su pequeña pirámide se sacudían y volvían al suelo. Sólo entonces se dio cuenta de también ella se sacudía, pero todavía experimentaba más sorpresa que aprensión. Echó una mirada en derredor tratando de comprender por qué su universo se había alterado de manera incomprensible. Se suponía que la tierra no debía moverse.
El riachuelo, que momentos antes corría suavemente, se había vuelto turbulento, con olas agitadas que salpicaban las orillas mientras su lecho se alzaba contra la corriente, sacando lodo del fondo. Los matorrales que crecían cerca de las orillas río arriba se estremecían, animados por un movimiento invisible de sus raíces, y río abajo, las rocas oscilaban, presas de una agitación insólita. Más allá, las majestuosas coníferas del bosque por el que pasaba el río e inclinaban de manera grotesca. Un pino gigantesco próximo a la orilla, con sus raíces al aire y debilitado por la corriente del arroyo, se inclinó hacia la orilla opuesta; con un crujido se desplomó, por encima de las aguas turbias, y se quedó temblando sobre la tierra inestable.

La niña dio un brinco al oír la caída del árbol; el estómago se le revolvió y se hizo un nudo cuando el temor pasó por su mente. Trató de ponerse en pie, pero cayó de espaldas, al perder el equilibrio por el horrible balanceo. Lo intentó nuevamente, consiguió enderezarse y se quedó de pie, insegura, sin atreverse a dar un paso.



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