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Cuando me Haya Ido - Laura Lippman

Partieron al atardecer una hora antes del comienzo de los fuegos artificiales, y cuando llegaron a la barrera de peaje del viejo puente que cruza el Susquehanna, Felix vislumbró por la única y minúscula ventanilla los destellos de las luces; pequeñas fiestas por todas partes. Le había pedido a Julie que cogiera la carretera 40, que era la antigua ruta para ir a Filadelfia. Se estaba volviendo prudente, aunque también nostálgico. Había iniciado su carrera allí, obteniendo ganancias en los bares.

Estornudó. En el suelo había heno y una manta para caballo. Si los paraban, se ocultaría bajo la manta y cruzaría los dedos. Iba a hacerlo cuando el camión, después de casi una hora de marcha, aminoró la velocidad. Se dio cuenta de que habían llegado a la barrera de peaje del puente del Susquehanna. Bert y Tubby habían dicho que lo mejor era poner un caballo en el remolque, así a nadie se le ocurriría husmear en el interior, pero él no estaba dispuesto a viajar más de ciento cincuenta kilómetros agachado y tratando de esquivar los cascos del equino y su bosta.


Se había despedido de Bambi ese mismo día, antes de que ella y las niñas se marcharan al club, donde pasarían la tarde y no volverían hasta la noche. No le había dicho lo que estaba pasando, aunque ella sospechaba algo. Bambi era lista, lo bastante como para no hacer preguntas. Cuando los federales fueran a husmear, su ignorancia les resultaría convincente.

Lo más duro había sido despedirse de sus hijas con naturalidad, como si nada sucediera. Estaban acostumbradas a hacer cosas sin él. Su trabajo le había exigido siempre salir de casa muy temprano y regresar a las tantas de la noche, y luego vino lo del arresto domiciliario; entonces no tuvo más remedio que quedarse en casa mientras se tramitaba la apelación. A nadie le llamaría la atención que Felix Brewer no acudiera al club el Cuatro de Julio, no este año. Las niñas le habían dado unos besos maquinales, tan seguras estaban de él, y él no se había atrevido a estrecharlas con la fuerza que hubiera deseado. Sin embargo, a la pequeña Michelle, de tan solo tres añitos, sí la había estrujado un poco más.



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