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Secuestro Hochschild - Luis Adrian R.

El reloj de la torre del Parlamento daba los tres cuartos de hora. Solamente faltaban quince minutos para la medianoche. Una noche que venía a cubrir con su negro manto a un cansado pueblo que había vivido un día de horribles pesadillas. La plaza principal de la ciudad de La Paz está encuadrada al Sur, por el Palacio de Gobierno, también denominado "Palacio Quemado", y a cuyo lado se yergue, majestuosa y enorme, la Basílica de Nuestra Señora de La Paz, monumento de fe hecho de piedra labrada a mano; al Norte y Oeste, edificios particulares sin ninguna importancia, y cerrando el cuadrilátero, por el Este, el Congreso Nacional, que abarca casi la totalidad de ese flanco, y en cuya enorme torre se encuentra el reloj, que en esos momentos marcaba los tres cuartos de la hora.

Esa plaza – que en los días en que el protomártir de la Independencia Americana, don Pedro Domingo Murillo, diera el grito de emancipación en la entonces aldea de La Paz – había sido el escenario donde el mestizo sediento de libertad pagaría tal osadía con su vida, colgando del pescuezo, ante el horrorizado y consternado pueblo, a quien le dio sus ideales libertarios. Esa plaza – que hoy lleva su nombre – , en el día que estaba por finalizar, con los tañidos del reloj del Parlamento al marcar los tres cuartos de la hora antes de la medianoche, había vuelto a ser el escenario donde otra vez se representara una tragedia, y donde los principales actores también fueron los colgados. Pero, ya no cumpliendo un decreto de un rey, emperador o regidor, sino por la voluntad de un pueblo. 

Ya no por la osadía de enseñar al pueblo que nace libre y que no tiene más amos que el mismo pueblo, ni por predicar que el poder no es atributo de un solo hombre... Sino que esta vez se balancearon los colgados por quererle quitar al pueblo lo que el primer colgado en esta plaza le dio: ¡su libertad! Y el reloj de la torre del Parlamento, que se encuentra en esta plaza, marcaba los tres cuartos de la hora.

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