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El mundo contra reloj - Philip K. Dick

Cuando pasaba junto al minúsculo y apartado cementerio en su coche de ronda aerotransportado, ya avanzada la noche, el oficial Joseph Tinbane escuchó unos ruidos infortunados y familiares. Una voz. Inmediatamente pasó con su coche patrulla por encima de la verja de hierro del abandonado cementerio, aterrizó al otro lado, escuchó.

Decía la voz, ahogada y débil:
—Me llamo Tilly M. Benton y quiero salir de aquí. ¿Me está oyendo alguien?
El oficial Tinbane encendió la linterna. La voz salía de debajo de la hierba. Como había imaginado, la señora Tilly M. Benton estaba enterrada. Descolgó Tinbane el micrófono de la radio del coche y dijo:

—Estoy en el cementerio de Forest Knolls —me parece que se llama así— y tengo aquí un 1206. Envíen una ambulancia con una patrulla de cavadores; por el sonido de la voz me parece que es urgente.
—Vale —fue la respuesta de la radio—. La brigada de cavadores saldrá antes del amanecer. ¿Puede usted meterle un tubo de emergencia para que reciba el aire necesario? Hasta que llegue allí nuestra brigada... digamos a las nueve o las diez de la mañana.

—Haré lo que pueda —dijo Tinbane suspirando. Aquello significaba que tenía que quedarse toda la noche en vela. Y la vocecilla tan débil ahí abajo que le suplicaría con su soniquete senil que se diera prisa. Suplicaría y suplicaría. Sin parar. Aquella parte de su trabajo era la que menos le gustaba: los gritos de los muertos; aborrecía aquel sonido, y los gritos los había oído tanto y tantas veces. Hombres y mujeres, la mayor parte ancianos, otros no tanto, algunos niños. Y siempre tardaban tanto en llegar los equipos de cavadores.

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