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El club de los suicidas - Robert Louis Stevenson

En el tiempo en que residió en Londres, el distinguido príncipe Florizel de Bohemia se ganó el afecto de todos con su trato seductor y una generosidad bien entendida. Era un hombre notable por lo que de él se sabía, y eso que sólo era parte de lo que en realidad hacía. Aunque de temperamento plácido en circunstancias normales, y acostumbrado a tomarse la vida con tanta filosofía como cualquier campesino, el príncipe de Bohemia también sentía inclinación por modos de vida más aventureros y excéntricos de aquellos a los que estaba destinado por su nacimiento. A veces, si estaba desanimado y no se representaba ninguna comedia divertida en alguno de los teatros londinenses, y si la estación del año impedía la práctica de esos deportes al aire libre en los que superaba a todos sus contrincantes, mandaba llamar a su confidente y caballerizo mayor, el coronel Geraldine, y le ordenaba prepararse para hacer una ronda nocturna. El caballerizo mayor era un joven oficial de disposición valiente e incluso temeraria. Recibía con agrado la invitación y se apresuraba a disponerlo todo. La larga práctica, unida a un considerable conocimiento de la vida, le habían dotado de una habilidad singular para el disfraz: sabía disimular no sólo su rostro y porte, sino también su voz y casi sus pensamientos, para adaptarlos a los de cualquier rango, carácter o nacionalidad; y de ese modo desviaba la atención del príncipe, y a veces lograba que los admitieran en los círculos más extraños. Las autoridades civiles nunca supieron de aquellas aventuras secretas: el valor imperturbable del uno y la iniciativa y la caballerosa devoción del otro les habían sacado de muchas situaciones peligrosas, y con el paso del tiempo su confianza fue en aumento.

Una tarde de marzo, un repentino chaparrón de aguanieve les obligó a refugiarse en un bar de ostras muy cerca de Leicester Square. El coronel Geraldine iba vestido y maquillado como un periodista de tercera, mientras que el príncipe, como de costumbre, había alterado su aspecto mediante la adición de unas patillas falsas y un par de gruesas cejas adhesivas. Estas le daban un aspecto tan curtido y desgreñado que, tratándose de una persona de su elegancia, constituían un disfraz impenetrable. Ataviados de aquel modo, el jefe y su ayudante saborearon su brandy con soda con total seguridad...

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