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Wittgenstein y los límites del lenguaje - Pierre Hadot

¿En qué momento y en qué ocasión conocí a Wittgenstein? Creo que fue durante el año 1953 o 1954. Yo era entonces agregado de investigación en el CNRS, y aparte de mi trabajo personal en la redacción de mi tesis doctoral, estaba encargado de revisar las revistas filosóficas extranjeras para el Bulletin Analytique de filosofía del CNRS. Fue probablemente mientras leía los dos estudios que cito más adelante, el de E. Wasmuth (1952), sobre el silencio y lo místico en el TractatuSy y el de R. Freundlich (1953), sobre lógica y mística en Wittgenstein, cuando me entusiasmé por este autor que, hasta aquel momento, me era totalmente desconocido. Siguiendo las buenas tradiciones francesas, no se hablaba en absoluto de este autor, cuyo Trac- tutus logico-philosophicus había aparecido sin embargo hada cuarenta años.

Lógica y mística: no me interesaba demasiado la lógica, puesto que no conocía nada de la lógica moderna; la enseñanza un poco fantasiosa de René Poirier en la Sorbona, que hablaba de todo, salvo de lógica, no me había servido de nada. En febrero de 1946 había obtenido el certificado de lógica de la licenciatura de filosofía en una sesión especial, reservada para los objetores del servicio obligatorio del trabajo, cuyo programa no incluía más que la lógica clásica, pero en absoluto la lógica moderna. Por el contrario, influenciado por mi piadosa juventud, me atraía mucho la mística, es dedr, lo que yo pensaba que era la experiencia de Dios, como puede vérsela descrita en las obras de San luán de la Cruz por ejemplo, pero también, al azar de mis lecturas, por la mística hindú, y finalmente por la mística neoplatónica, la de Plotino y los neoplatónicos tardíos, Proclo y Da- mascio. 

Aquel positivista lógico que hablaba de lo que él llamaba “lo místico” se convirtió para mí en un enigma fascinante. Me procuré el texto alemán del Tractatus, primero el que va acompañado de la traducción italiana del padre jesuíta G. C. M. Colombo, publicado en 1954, y luego el que iba acompañado de la traducción inglesa, en la reedición publicada en 1958. Y traté de comprender la relación que podía establecerse entre lógica y mística. Me pareció también que la forma literaria de aquella obra era completamente extraordinaria, aquella serie de aforismos, que terminan de manera tan enigmática con la famosa llamada al silencio: “De aquello de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

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