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El Inicio de la Sabiduría - Hans-Georg Gadamer

No fue Hegel el único que se sintió atraído por la profundidad de Heráclito, persuadido como estaba de que en las sentencias de Heráclito no había ni un solo pensamiento que él no hubiera acogido en su lógica. El hecho es que las paradojas oraculares que se han transmitido de Heráclito poseen una fascinación sin igual. Variaciones de uno y el mismo pensamiento, del pensamiento de lo Uno y lo Mismo que en la diferencia, la tensión, la oposición (Gegensatzlichkeit), la sucesión y el cambio es lo único verdadero, el lógos de Heráclito aparece como la sentencia verdadera de lo que Hegel, al final de la tradición metafísica de Occidente, llamaba «lo especulativo ». Allí donde se pone en movimiento el preguntar filosófico, se siente, desde entonces, la cercanía de Heráclito. Quien haya estado alguna vez de visita en la cabana de Heidegger en Todtnauberg se acordará de la sentencia grabada allí en una corteza de árbol, sobre el dintel de la puerta: τα δε πάντα οίακίζει κεραυνός: «Y todas las cosas las timonea el rayo».

Estas palabras son ya ellas mismas como una sentencia oracular y una paradoja a la vez, pues, seguramente, lo que aquí se mienta no es la atribución que tiene el señor del cielo de tronar con sus decisiones sobre la tierra, sino lo subitáneo de la iluminación fulgurante, que hace que todo sea visible de golpe, pero de tal manera que lo oscuro lo vuelve a devorar enseguida. Así, al menos, debía de religar Heidegger su propio preguntar con la profundidad de Heráclito, pues, para él, la oscura misión de su pensar no era, como para Hegel, la omnipresencia del espíritu que se sabe a sí mismo, que une en sí la mismidad en el cambio y la unidad especulativa de los contrarios, sino justamente esa unidad indisoluble y dualidad de desvelamiento y ocultamiento, claridad y oscuridad, en la que se encuentra inserto el pensar humano. Arde su llama en el rayo que, desde luego, no representa al «fuego eterno», tal como creía Hipólito.

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