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Trampa 22 - Joseph Heller

Fue un flechazo.
En cuanto Yossarian vio al capellán se enamoró perdidamente de él.
Yossarian estaba en el hospital porque le dolía el hígado, aunque no tenía ictericia. A los médicos les desconcertaba el hecho de que no manifestara los síntomas propios de la enfermedad. Si la dolencia acababa en ictericia, podrían ponerle un tratamiento. Si no acababa en ictericia y se le pasaba, le darían de alta, pero aquella situación les tenía perplejos.
Iban a verlo todas las mañanas tres hombres serios y enérgicos, de labios que denotaban tanta eficacia como ineficacia sus ojos, acompañados por una de las enfermeras de la sala a las que no le caía bien Yossarian, la enfermera Duckett, igualmente seria y enérgica. Examinaban la gráfica que había a los pies de la cama y se interesaban, inquietos, por el dolor de hígado. Parecían enfadarse cuando Yossarian les respondía que seguía exactamente igual.

—¿No ha movido el vientre todavía? —preguntaba el coronel.
Los médicos intercambiaban miradas cuando Yossarian negaba con la cabeza.
—Dele otra píldora.
La enfermera tomaba nota de que había que darle otra píldora, y los cuatro se trasladaban juntos a la cama siguiente. A ninguna de las enfermeras le caía bien Yossarian. En realidad, se le había pasado el dolor de hígado, pero se guardó muy mucho de decirlo, y los médicos no sospecharon nada. Eso sí, sospecharon que había movido las tripas y que no se lo había contado a nadie.
Yossarian disponía de todo lo que necesitaba en el hospital. La comida no estaba mal, y encima se la llevaban a la cama. Le daban más carne de lo normal, y durante las horas más calurosas de la tarde les servían, a él y a los demás, zumos de fruta o batidos de chocolate bien fríos. Aparte de los médicos y las enfermeras, no le molestaba nadie. Por la mañana dedicaba un rato a la censura de cartas, pero después tenía libre el resto del día, que dedicaba a estar tumbado sin el menor remordimiento de conciencia. Se encontraba cómodo en el hospital, y no le resultaba difícil prolongar la estancia porque nunca le bajaba la fiebre de treinta y ocho. Disfrutaba de una situación más privilegiada que la de Dunbar, que tenía que tirarse al suelo de bruces cada dos por tres para que le llevaran la comida a la cama.
Una vez tomada la decisión de pasar el resto de la guerra en el hospital, Yossarian empezó a escribir cartas a todos sus conocidos para decirles que estaba hospitalizado, pero sin explicar el motivo. Un buen día se le ocurrió una idea mejor. Les contó a todos sus conocidos que iba a emprender una misión muy peligrosa. «Han pedido voluntarios. Es muy peligroso, pero alguien tiene que hacerlo. Te escribiré en cuanto regrese». Desde entonces no había vuelto a escribir a nadie


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