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Terapia - Sebastian Fitzek

Pasada media hora, supo que jamás volvería a ver a su hija. Ella abrió la puerta, se volvió a mirarlo y después entró en la habitación del anciano. Pero estaba seguro de que Josephine, su hijita de doce años, jamás volvería a salir. Nunca más volvería a dedicarle esa sonrisa deslumbrante cuando la llevara a la cama. Nunca más volvería a apagar su lamparita de vivos colores en cuanto ella se hubiera dormido. Y sus gritos espantosos en plena noche jamás volverían a despertarlo.
La certeza lo golpeó con la violencia repentina de un choque frontal.
Intentó ponerse de pie, pero su cuerpo se negó a abandonar la inestable silla de plástico. No le habría sorprendido que se le doblaran las rodillas y cayese al suelo cuan largo era en el desgastado parquet de la sala de espera, justo entre la robusta ama de casa con soriasis y la mesita en la que reposaban números atrasados de algunas revistas. Pero la gracia de desmayarse no le fue concedida y permaneció consciente.

LOS PACIENTES NO SERÁN ATENDIDOS POR TURNO DE LLEGADA SINO SEGÚN LA URGENCIA DE SU DOLENCIA.
El cartel informativo de la puerta blanca tapizada de cuero que daba a la consulta del alergólogo se volvió borroso.
El doctor Grohlke era un amigo de la familia y el vigésimo segundo al cual visitaba. Viktor Larenz había confeccionado una lista. Los veintiún médicos anteriores no habían logrado descubrir nada. Absolutamente nada.
El primero, un médico de urgencias, había acudido el segundo día de las vacaciones navideñas a la mansión familiar de Schwanenwerder, hacía exactamente de eso once meses. Al principio habían creído que Josephine padecía indigestión por comer fondue. Había vomitado varias veces durante la noche y después sufrido una diarrea. Isabell, su mujer, llamó al servicio de urgencias particular y Viktor llevó a Josy al salón, con su delicado camisón de batista. Al recordarlo aún notaba el tacto de sus delgados bracitos: uno rodeándole el cuello como en busca de ayuda y el otro aferrado a Nepomuk, el gato azul, su peluche predilecto. Bajo la mirada severa de los familiares presentes, el médico auscultó el delgado tórax de la niña, le administró una infusión electrolítica intravenosa y le recetó un remedio homeopático.


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