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Pesadillas ~ Sangre de Monstruo #3 - R L Stine

—¡La Sangre de Monstruo está creciendo otra vez!
Evan Ross miró fijamente la temblorosa pasta verde que había en el camino particular de su casa. Parecía un enorme charco de pegajoso chicle verde y era más grande que un balón de playa. ¡Incluso dos
balones de playa! La masa verde temblaba y se estremecía como si jadeara, al tiempo que hacía un asqueroso ruido de chupeteo. De pronto comenzó a botar.
Evan retrocedió. ¿Cómo se había salido del tarro aquel mejunje? ¿Quién lo había dejado en el camino de su casa? ¿Quién había abierto el tarro?
Evan sabía que en cuanto la Sangre de Monstruo se ponía a crecer, no había quien la parase. Crecería y crecería devorándolo todo a su paso. El pobre Evan lo sabía por propia experiencia.
Había visto cómo una gigantesca mole de Sangre de Monstruo se tragaba a un niño entero. También había visto lo que le pasó a su perro Trigger cuando comió Sangre de Monstruo. El cocker spaniel

había crecido sin parar y se había hecho tan grande que hasta agarró a Evan entre los dientes para enterrarlo en el jardín.
Un pequeño pegote de Sangre de Monstruo había convertido a Cuddles, el diminuto hámster de la clase de Evan, en un monstruo feroz. El hámster gigante, más grande que un gorila, había recorrido el
colegio destrozándolo todo a su paso.
«Este mejunje es peligroso —pensó Evan—. ¡Es la pasta verde más peligrosa del mundo!» ¿Cómo había llegado hasta su casa? ¿Y qué se podía hacer ahora?
La pasta rebotó e hipó sin dejar de hacer ruiditos asquerosos. Al botar se le iban pegando ramitas y gravilla del camino, que acababan siendo absorbidas hacia el centro de la húmeda y gigantesca bola.
Evan retrocedió otro paso y la bola echó a rodar.
—Oh, nooooo —gimió roncamente—. Por favor. Nooooo.
La Sangre de Monstruo avanzaba hacia Evan, cada vez más deprisa. El muchacho había dejado un patín fuera de la casa, y la pasta verde lo devoró con un fuerte gluuup.
Evan tragó saliva.

—¡Y… y ahora viene a por mí! —balbució en voz alta.
«Ni hablar —se dijo—. ¡Yo me largo!» Dio media vuelta dispuesto a salir corriendo… y tropezó con el otro patín.
—¡Ay! —gritó. Había caído sobre los codos y se había hecho un daño espantoso. Movió los brazos para aliviar el dolor, se puso de rodillas y se dio la vuelta justo a tiempo de ver la enorme bola verde que
se le echaba encima.
Abrió la boca para chillar, pero el grito se le quedó en la garganta. La masa verde le tapaba toda la cara. Evan agitó los brazos y las piernas, pero el pegajoso mejunje verde lo envolvía entero y tiraba, tiraba
de él…
«¡No puedo respirar!»
Y entonces, todo se volvió verde.


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