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La Compositora - Emma Ros

Las velas de las enormes lámparas de araña iluminaban el salón palaciego. No quedaban rastros de aquel incendio que, según me contaran, había provocado la furia de los naturales, desatada por el hambre. La intrincada yesería del techo, las armoniosas escenas campestres de los cuadros de las paredes, enmarcados en madera dorada, e incluso las patas de la mesa sobre la que reposaba el clavicordio, chapadas en carey con incrustaciones de hueso, hacían que el espacio tuviera un aspecto magnífico. El vestuario de los invitados, entre sedas y terciopelos que teñían el lugar de colores tan suaves como dispares, completaba la suntuosidad del salón. «Águeda me ha dicho que será algo íntimo.» El recuerdo de las palabras de mi hermano Álvaro, días antes de aquel encuentro, me hizo sonreír mientras, oculta tras una columna, observaba. Entre la distinción de la Marquesa de Villaverde y la delicadeza de doña Leonor de Silva, esposa del nuevo Virrey, mi tía se veía exuberante, y no exenta de elegancia, con un brillo orgulloso en sus oscuros ojos. «¿Íntimo?»
A mis dieciocho años jamás me había visto obligada a asistir a una fiesta tan concurrida. Podría haberme fingido enferma, pero mi hermano había insistido: «Sería más injusto de lo que ya resulta si te lo perdieras». Y la verdad es que tenía curiosidad por observar la reacción del maestro Nuño.  Mi prima Adelaida, maquillada con exquisitez para empalidecer su rostro moreno y resaltar sus rasgos huidizos, abrió el clavicordio. A su lado, Álvaro, que a pesar de mi tía, había escogido una peluca color castaño oscuro, como su cabello, colocó la viola da gamba entre sus piernas en un abrazo erguido que realzaba sus regios hombros y lo hacía aún más apuesto. La mayoría del público seguía charlando, pero las doncellas y las damas del círculo de mi tía enseguida prestaron atención.


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