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La Alhambra De Salomon - José Luis Serrano

Los recuerdos grandes se quedan a vivir en los cuartos del corazón, durante la vida asoman cuando quieren, vuelven a la hora de la propia muerte y se transmiten por la sangre. En el más antiguo de los de Samuel Nagrela su hermano Isaac entraba alterado en el patio de la casa y gritaba:
            —¡Almanzor ha muerto! ¡Almanzor ha muerto!
            Su madre entonces le reprendía:
            —¡Guarda silencio, Isaac! ¡Tu padre está muy enfermo!
            Al mismo tiempo, cabizbajo y despacio, agarrado al pasamanos, un médico bajaba por las escaleras. Antes de que alcanzara el patio, su madre lo interrogaba con la mirada.
            —José ha muerto —respondía el médico y comenzaba a recitar una plegaria—: «Bendito eres Tú, Adonai, que revives a los muertos…».
            En vez de continuar el rezo del médico, su madre daba un grito que parecía más de espanto que de dolor y después se abrazaba llorando a Isaac.

            Era una tarde de verano. Samuel Nagrela tenía por entonces nueve años y Mérida era una ciudad bulliciosa y próspera donde, sin embargo, todo parecía milenario. La intransigencia de la muerte parece menor en las ciudades viejas, pero aquella coincidencia sería inolvidable para Samuel: al tiempo que llegaba la noticia de la muerte de Almanzor, moría su padre.
            Las mujeres de la familia se encerraron en el cuarto para amortajar el cadáver. Los niños esperaban en el patio. En la calle se oían cantos de muerte. Muecines, plañideras y actores se vistieron con telas de saco en señal de luto y comenzaron un concierto de quejidos y gritos que inundó la atmósfera polvorienta de agosto en El Algarbe. Lloraban, claro está, por Almanzor, canciller de Al Ándalus. Y los niños de Mérida salieron a las calles arrastrados por la curiosidad. Samuel también habría salido, pero el muerto importante era otro: su padre.
            Antes del atardecer los hijos fueron llamados al lecho mortuorio. De uno en uno, por orden de edad, fueron besando el cadáver. A Samuel le impresionó el frío del rostro. En Mérida nadie había besado nunca la nieve. Las viejas piedras romanas eran más calientes que el rostro de su padre; las aguas quietas del Guadiana, el agua fresca del pozo o las naranjas del invierno, también. La muerte parece más cálida en los días históricos, pero Samuel Nagrela no olvidó jamás aquel frío experimentado en los labios. Y cuando muchos años después, le llegó a él la hora de la muerte, este frío fue el segundo de los recuerdos grandes que lo asaltó. El primero, ya lo hemos dicho, fue el de su hermano Isaac anunciando a voces la muerte de Almanzor.


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