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viernes, 4 de agosto de 2017

Para otros es el Cielo - Piedad Bonnett


Cuando el cortejo, compuesto por unas treinta o cuarenta personas que lentamente se desplazaban por los senderos adoquinados del Cementerio Central —y al que yo me había sumado de la manera más discreta posible, embozada casi en mi pashmina gris, tan poco apropiada para aquel día soleado—, llegó al lugar donde se había dispuesto el entierro de Alvar, ya resonaban las últimas, espantosas paladas, claro indicio de que la ceremonia había terminado, y el grupo de no más de media docena de conocidos, que por milagro había llegado a tiempo, se disolvía en medio de un respetuoso silencio.

Como Alvar, según me enteré después, había dado instrucciones clarísimas de que no quería ceremonia religiosa alguna después de su muerte, y por tanto no hubo misa, y su cadáver ni siquiera había sido llevado a una funeraria —pues Federico, su único hijo, sabía que no las soportaba—, aquel breve acto de despedida había sido de una languidez espantosa. Quienes llegamos tarde ya sólo pudimos contemplar cómo un par de enterradores de uniformes azules extendían una última capa de cemento sobre la tumba recién clausurada y se alejaban llevando en sus manos los baldes cargados de cal.
Todo aquello había sido producto de una equivocación tan grotesca que Alvar no habría hecho sino celebrarlo, en caso de haberlo sabido, pues se correspondía con su letal humor negro: mientras la limusina descargaba el cadáver por la puerta oriental del cementerio, y el féretro era transportado discretamente hasta el lugar previsto por personal encargado de estos menesteres, los deudos y amigos debimos entrar todos por la puerta norte. 

Y sucedió que, en virtud del azar, Danilo Cruz, nuestro conocido filósofo, y Jaime Jaramillo, el historiador por quien Alvar sintió siempre un tremendo respeto, quedaron encabezando el cortejo, y que este par de maestros, con aire distraído, y mientras sostenían una conversación en voz baja, caminaron absortos en una dirección no prevista. Y que los demás, no dudando que estas insignes figuras se dirigían con toda certeza hacia la tumba en que Alvar había de ser enterrado, los seguimos ciegamente y a paso lentísimo, como se acostumbra en esos casos, hasta que el profesor Jaramillo, como recordando algo importante, se detuvo, miró a su alrededor, localizó a un jardinero que desyerbaba el jardín, y preguntó dónde sería el entierro de Alvar.
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