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Mi ángel sin nombre - María de la O Guayo


- ¡Qué no, tío, que no! ¡Lo simplificáis todo! ¡No se si no queréis o no podéis entenderme! ¡Joder! Las cosas no tendrían que ser así. - enfurecido golpeó con el puño cerrado la proa de la barca haciéndonos temblar. - Carlos. Tranquilízate, por favor. Vas a hacer que volquemos. - Me miró, con odio e incomprensión reflejados en sus ojos, pero se sentó de nuevo estabilizando el bote. Con la mano todavía agarrotada por la rabia comenzó a tirar del sedal, girando el cuerpo para darme la espalda, reflejando en cada uno de sus gestos su enfado y su frustración. Estábamos en mi vieja barca dejándonos mecer por las corrientes y por fin había decidido hacerme partícipe de su preocupación. Yo no sabía cómo responder, cómo calmar esa desazón que le recorría todo el cuerpo desde el accidente. Andaba silencioso, malhumorado e irritable.

La relación con sus padres se había convertido en una sucesión de gritos, desencuentros y silencios incómodos. Aquel niño alegre y generoso se nos escapaba de las manos día tras día por culpa de una desgracia que nadie pudo prever. Y aquí estábamos. El último recurso, el último intento de recuperar a nuestro Carlos, a pesar de que mi relación con su padre no era profunda. Al alcanzar la madurez entre mi hermano Axel y yo se estableció un muro de frialdad hecho de mutuas incomprensiones. Su concepto del mundo y el mío diferían de tal modo que antes me preguntaba cómo era posible que dos personas que se querían tanto fuesen tan distintas. ¿Qué existía en su cerebro que no estaba en el mío? ¿Qué energía extraña corría entre nosotros haciéndonos chocar en cada ocasión? Durante años esperé que con el tiempo pudiésemos acortar distancias pero tras la adolescencia nos convertimos en desconocidos. 

Me sorprendía a mí mismo mirándolo intentando recuperar en su cara, en sus gestos y en sus palabras algo de aquel niño que recordaba y añoraba. Y a veces veía en sus ojos el mismo anhelo pero nunca supimos liberarnos de nuestras diferencias. Vivíamos en dos esferas independientes que se cruzaban intentando no rozar para evitar las chispas y de ese modo descubrí cómo amar a alguien distinto, con un amor hecho de respeto y falto de cercanía. Con el nacimiento de Carlos todo cambió...
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