jueves, 10 de agosto de 2017

El amor que es vida - Bernabé Tierno


Un año más había llegado la hora de planificar las vacaciones. Desde mi divorcio, ése era un momento de liberación. Durante quince años, las fechas y los lugares de disfrute por el tiempo trabajado fueron un pequeño martirio impuesto por el que era mi marido. Su criterio prevalecía ante el resto del mundo. Los primeros años, el destino no me importaba; disfrutaba en la playa, en la montaña, en la ciudad. Pero, pasados cinco estíos, surgió en mí la inquietud de proponer viajes que me parecían interesantes. La generosidad no fue recíproca: mis ideas nunca fueron bien recibidas. Durante quince años veraneamos en Peñíscola del 1 al 15 de agosto.

Habrá a quien le parezca una frivolidad que me queje de algo así, pero en todos los actos de la vida tan importante es el fondo como la forma. La imposición sin opción, sin derecho a plantear otras posibilidades, se convierte en una jaula de oro. En este punto de mi vida sólo yo marco la ruta que voy a seguir, todo un lujo para una persona que siempre se ha visto «programada» por sus padres, sus estudios o su pareja. Sobre el escritorio tenía varias opciones: viajar de nuevo con una ONG, asueto total o un curso de verano en una universidad cualquiera...
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