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jueves, 20 de julio de 2017

Suicidio - Édouard Levé



En medio del jardín le haces saber que se te ha olvidado la raqueta en casa. Vuelves a por ella pero, en vez de encaminarte hacia el armario de la entrada donde sueles guardarla, bajas al sótano. Tu mujer no lo ve, se ha quedado fuera, hace buen tiempo, disfruta del sol. Unos instantes después oye la descarga de un arma de fuego. Corre hacia el interior de la casa, grita tu nombre, se da cuenta de que la puerta de la escalera que da al sótano está abierta, la baja y te encuentra allí. Te has pegado un tiro en la cabeza con la escopeta que habías preparado cuidadosamente. Sobre la mesa has dejado un tebeo abierto por una página doble. Con la emoción tu mujer se apoya contra la mesa, el libro bascula y se cierra antes de que comprenda que se trataba de tu último mensaje. 

Nunca he estado en esa casa. Con todo, conozco el jardín, la planta baja y el sótano. He visto la escena cientos de veces, siempre con los mismos decorados, los que imaginé la primera vez que me contaron lo de tu suicidio. Esa casa estaba en una calle, tenía un tejado y una fachada trasera. Pero nada de eso existe. Está el jardín donde sientes por última vez el sol y donde tu mujer se queda esperándote. Está la fachada hacia
la que corre cuando oye la descarga. Está la entrada, donde se encuentran la raqueta, la puerta del sótano y las escaleras. Y, por último, está el sótano donde yace tu cuerpo. Está intacto. No te ha explotado el cráneo como me habían dicho. Eres como un joven tenista que descansa sobre la hierba después de un partido. Cualquiera diría que estás dormido. Tienes veinticinco años. Ahora ya sabes más que yo sobre la muerte. 

Tu mujer pega un grito. Aparte de ti no hay nadie más que pueda oírlo. Estáis solos en la casa. Se echa sobre ti llorando y te golpea el pecho entre el amor y la rabia. Te coge entre sus brazos y te habla. Solloza y se desploma sobre ti. Las manos se le deslizan hasta el frío y húmedo suelo del sótano. Sus dedos restriegan el pavimento. Se queda así un cuarto de hora y nota cómo se te va enfriando el cuerpo. El teléfono la saca del aturdimiento. Reúne fuerzas para subir. Es la persona con la que habíais quedado para jugar al tenis. «Bueno, ¿qué pasa?». «Está muerto. Muerto»
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