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Reír al Viento - Sandra Barneda




29B. Me acuerdo perfectamente de mi número de asiento y poco de mi compañero de vuelo: pelo canoso, gafas metálicas, ojos… ¿marrones? y nada hablador. ¿O fui yo la que sellé la boca para que no me saliera un exabrupto cuando le veía comer como un cerdo? Veinte horas de vuelo dan para mucho o para nada; como la vida: decides exprimirla o dejarla secar como una pasa. Estoy convencida de que a él le pasó lo mismo: nos dejamos secar porque nos resultamos indiferentes. Nuestras energías chocaron y nuestras neuronas decidieron no perder el tiempo e ignorarse. No fue culpa suya. En ese vuelo, aunque hubiera aparecido el tío más sexy del planeta — Keanu Reeves—, no le habría hecho ni caso. Mis ojos estaban ciegos y mi corazón tan helado como un glaciar de su era y no de la nuestra. Mi relación con Gonzalo había llegado a su fin. Nueve años de amor: la Relación se había desmoronado como un castillo de naipes. 

Ni siquiera recuerdo cómo le dije: «¡Se acabó!». La belleza de las cosas está en que no duren para siempre. Pero en ese avión no era capaz de llegar a esa reflexión, ni a ninguna otra. Estaba destrozada y sin saber por dónde empezar a tirar del hilo. Hacía tan solo dos semanas que Gonzalo se había marchado de casa, con cara de póquer y sin entender nada. Siempre ha tenido el don de la relatividad o de «si no me lo dicen a la cara no me entero». Muy de tío; quedarse en la primera definición del diccionario por norma y, como excepción, mirar el resto. Mi memoria, además de ser selectiva, es caprichosa y decide siempre quedarse con los recuerdos placenteros y enviar al exilio los dolorosos. La ruptura con Gonzalo está dentro de mí, pero muy desdibujada. Incluso metida en ese avión tantas horas y con la cabeza martilleando frases sueltas de aquella noche, de aquel final...


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