sábado, 20 de mayo de 2017

Hermanos, no somos profesionales - John Piper

A VECES EL SUFRIMIENTO enorme toca tan de cerca que por una breve temporada la neblina de nuestra necia seguridad se disipa y podemos ver el abrupto precipicio de la eternidad a sólo un paso. Un frío estremecimiento nos corre por el cuerpo y, por un momento, todo en el universo parece distinto. Esos son buenos momentos para el realismo pastoral. ¡Ah, qué vacía parece gran parte de nuestra vida y ministerio en esos momentos! Lo último que lamentamos entonces es el ser menos profesionales. El comienzo del siglo XXI es un buen momento para ser pastor; son tiempos llenos de incertidumbres y peligros. El ambiente político y religioso del mundo nos empuja sin tregua (si tenemos oídos para escuchar) hacia el centro no profesional de la fe y el ministerio: El cruel, sangriento, espantoso, jadeante y crucificado Dios-hombre Jesucristo.

En estos tiempos, nos vemos impulsados cada vez más a decir con Pablo el apóstol: «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado... Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (1 Co. 2:2; Gá. 6:14). El aislado cristianismo occidental está despertando del mundo de ensueño de que ser cristiano es normal o seguro. Cada vez más, el verdadero cristianismo se está convirtiendo en lo que fue al principio: insensato y peligroso. «Nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura» (1 Co. 1:23). «Viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios» (Jn. 16:2)...



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