domingo, 26 de marzo de 2017

Las Arenas del Alma - Dante Gebel

Creo que los que crecimos en alguna iglesia y dibujamos garabatos imaginarios con el dedo en algún banco dominical, tuvimos un momento en el que algún predicador nos impactó por primera vez. Entre las decenas de sermones aburridos y sin sentido, tuvo que haber uno especial, uno que llamara nuestra atención de adolescentes. Haz un esfuerzo por recordar. Tuvo que haber uno. Yo recuerdo ese momento. En mis tiempos de juventud no teníamos grandes invitados. El «tráfico de ovejas» era una utopía. Uno podía pasarse toda una vida en el asiento de una con-gregación sin siquiera enterarse de que existían otras iglesias en el resto del planeta. Después de todo, el cielo ya tenía bastante con alistar un buen lugar para los setenta y tres hermanos de la congregación. A quién podía ocurrírsele que el paraíso admitiría extraños de otra denominación?

Pero un buen día, alguien tuvo la descabellada idea de invitar a uno de esos extraños. Han pasado unos veintidós años y aún me parece verlo llegar. Era extremadamente delgado, y no medía más de un metro cincuenta. Cargaba un maletín negro con ribetes de acero, un trombón y una guitarra criolla. Llegó con gran parte de su familia y dijo que tenía un mensaje de parte del Señor. Si este hombrecillo que-ría llamar nuestra atención, ya lo había logrado. Para empezar, la totalidad de los pocos predicado-res que habíamos conocido solo decían algo, sin embar-go, este parecía realmente tener algo que decir. Pidió estar media hora a solas con Dios antes de exponer su sermón. Y alguno de nuestra congregación le ofreció gentilmente nuestro sótano impregnado de humedad. No me mires así, no existían los camerinos ni las oficinas privadas en el lugar de donde vengo...


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