sábado, 18 de marzo de 2017

La isla de los muertos - Roger Zelazny

La vida es una cosa —si me permiten una breve disgresión filosófica antes de que entre en materia— que me recuerda un poco las playas de la bahía de Tokio. Hace ahora siglos que no he visto esa bahía y esas playas, así que puede que esté algo equivocado. Pero me han dicho que nada ha cambiado mucho, excepto los preservativos, de la forma en que la recuerdo. Recuerdo una inmensa extensión de agua sucia, quizá más brillante y más limpia si se la mira desde lejos, pero hedionda, sucia y fría cuando se la ve de cerca, como el Tiempo cuando arrastra los objetos y los corroe y se los lleva. La bahía de Tokio, en un día dado, es capaz de vomitar cualquier cosa. Mencionen ustedes algo, y tarde o temprano lo arrojará: un cadáver de hombre, una concha que quizá sea de alabastro, rosada y rechoncha, con una espiral hacia la izquierda, ascendiendo inevitablemente hacia la punta de un cuerno tan inocente como el del unicornio, una botella con o sin mensaje que uno podrá o no descifrar, un feto humano, un pedazo de madera muy pulida con el agujero de un clavo —quizá un fragmento de la Verdadera Cruz, quien sabe—, y guijarros blancos y guijarros negros, peces, gallos desventrados, metros de cable, coral, algas, y esas perlas blancas que antes eran ojos. Cosas así. Uno deja esas cosas a un lado, y al cabo de un tiempo la bahía vuelve a llevárselas. Así es como opera...


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