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El Señor de los Sueños - Roger Zelazny

Tan hermoso como era, con sangre y todo, Render pudo sentir que estaba a punto de acabar. Por lo tanto, sería mejor que cada microsegundo pasara como un minuto, pensó; y quizá debería aumentar la temperatura... En alguna parte, justo en la periferia de todo, la oscuridad plantaba su cerco. Algo parecido al crescendo de truenos subconscientes fue apresado en una furiosa nota. La nota era un destilado de vergüenza, dolor y miedo. El Foro era sofocante. César se encogió fuera del frenético círculo. Se cubrió los ojos con el antebrazo, pero no consiguió detener la visión, no esta vez. Los senadores no tenían rostros y sus vestiduras estaban salpicadas de sangre. Sus voces semejaban gritos de pájaros. Con furor inhumano, hundían las dagas en la figura caída. Esto es, todos menos Render. El charco de sangre en el que se hallaba de pie seguía creciendo. Su brazo parecía alzarse y caer con regularidad mecánica, y su garganta también podría haber estado emitiendo gritos de pájaros, pero, deforma simultánea, formaba parte de la escena y se hallaba al margen de ella.


Pues él era Render, un Modelador. Agazapado, angustiado y envidioso, César gemía sus protestas. — ¡Le habéis matado! ¡Habéis asesinado a Marco Antonio... un hombre inocente, inofensivo! Render se volvió hacia él; el puñal que sostenía en la mano era enorme y se veía todo cubierto de sangre. —Sí —dijo. La hoja se movía de un lado a otro; César, fascinado por el afilado acero, osciló al mismo ritmo. — ¿Porqué? —gritó— ¿Porqué? —Porque él era un romano mucho más noble que tú —respondió Render. — ¡Mientes! ¡No es cierto! Render se encogió de hombros y volvió al apuñalamiento. —No es verdad —gritó César—. ¡No lo es! Render se volvió de nuevo hacia él y blandió el puñal. Como un muñeco, César imitó el movimiento pendular de la hoja. — ¿Que no es cierto? —Render sonrió...


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