lunes, 20 de febrero de 2017

El Sótano - David Zurdo

Me preguntaste una vez qué había en la habitación 101. Te dije que ya lo sabías. Todos lo saben. Lo que hay en la habitación 101 es lo peor del mundo. GEORGE ORWELL, 1984 El ojo miró a través del minúsculo orificio. Casi no había luz, pero aun así logró distinguir la inconfundible forma de un cuerpo humano. De un cuerpo sin vida, que reposaba boca abajo sobre el frío suelo del sótano. No había paz en la postura que había adquirido al morir. Sus brazos estaban encogidos, sus puños apretados y su boca muy abierta. Como si el pánico se hubiera adueñado del alma de aquella cáscara vacía antes de abandonarla para siempre.

Un leve ruido hizo que el ojo cambiara su ángulo de visión. Alguien acababa de abrir la trampilla que daba acceso al sótano. Tan pronto… La imagen que apareció era muy distinta de la que cabía esperar. No era «él» quien bajaba por la escalera, sino otro. Un joven que caminaba con paso vacilante. Encendió una linterna. El haz de luz penetró las sombras. Aún no había visto el cuerpo de su compañero. Pero tardaría poco en encontrarlo. Eso no era lo que tenía que ocurrir. Era demasiado pronto. El ojo siguió a la figura y pudo ver su reacción ante el cadáver. Aquello suponía un gran contratiempo. Pero nada había terminado. Arriba, encima de aquel sótano, la voz de Dios volvió a hablar al hombre que había matado al chico a quien ahora su amigo acababa de encontrar...


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