miércoles, 22 de febrero de 2017

El Asesino - Evelyn Anthony

- Por favor, ¿tiene usted hora exacta? Se me ha parado el reloj. El recepcionista del hotel se alzó el puño de la camisa, consultó su cronómetro e informó: - Son las doce y veinticinco, signorina Cameron. Dirigió a la muchacha una cálida sonrisa de admiración, a fin de acompañar dignamente el dato. El Excelsior era el hotel más elegante de Roma; todos los miembros de su personal de servicio derrochaban cortesía y deseos de ser útiles a los adinerados clientes del establecimiento. Por otra parte, como el empleado era italiano y la rubia norteamericana era preciosa, el cumplido de la sonrisa maravillada estaba justificado. El recepcionista se acordaba aún de la última visita de la joven, efectuada año y medio antes. En aquella ocasión iba acompañada de su madre; saltaba a la vista que ambas mujeres se querían mucho. A diferencia de no pocas damas pertenecientes a las altas esferas, ricas y relacionadas con el gran mundo, la señora Cameron era una persona amable y bondadosa.

En el Excelsior, donde se había hospedado asiduamente durante varios años, a intervalos más o menos regulares, todo el mundo la apreciaba. Tuvieron un disgusto enorme al leer en los periódicos la noticia de su muerte. - Gracias -repuso Elizabeth Cameron. Hizo una pausa, mientras sincronizaba y ponía en marcha su reloj. Aún le quedaba una hora, antes de verse en la necesidad de partir hacia el aeropuerto. Brillaba el sol en la calle, aunque las mujeres iban bien envueltas en sus abrigos de piel. La muchacha no tenía nada que hacer, salvo matar el rato, y como era costumbre en ella, como le pasaba siempre antes de emprender un vuelo, se sentía nerviosa e incapaz de aliviar su tensión-. Saldré a dar un paseo -dijo-. Hace un día estupendo, según parece...


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