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El Amante de Janis Joplin - Elmer Mendoza



Carlota abrió su chamarra roja y bailaron, David la llevaba con torpeza, no se atrevía a apretarla y la muchacha lo incitó: David, no seas tímido, ¿Eh?, Abrázame, para bailar a gusto, entonces se pegaron y él, que ya llevaba abierta la chamarra, sintió los senos de su pareja y tuvo una erección. Se apenó muchísimo: Dios mío querido, esto no puede ser; Carlota era la mujer que amaba, siempre vista y oída desde el patio de su casa o desde la cocina, ¿por qué se le paraba en ese momento? Sacó la cadera como Cantinflas, ¿acaso no decía su madre que tocarse allí era un pecado?, pero están más cerca los dientes que los parientes y David pronto se desinhibió y terminó por pegarse a la muchacha. Después de todo tenía casi veinte años y ella poco más de dieciséis. Hacía un frío inclemente, pero a los invitados que bebían o bailaban el tiempo les valía gorro. A través de una ligera neblina vio cómo los otros oscilaban sobre sí mismos, después de horas de beber Chacaleño. 

Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por el vaho depositado en su oreja, sintió las piernas firmes de Carlota, respiró el perfume de su pelo, Ah, Quiero casarme contigo, pensó, Vente conmigo esta noche, vamonos a mi casa, a Durango, o a Culiacán que está más cerca, nos podemos ir en avión o a caballo. Carlota Amalia lo estimulaba con suavidad, a ella no la obsesionaba el vecino pero no le disgustaba: era un muchacho simpático y pulcro, Qué pena que no sea normal; además, con el asedio de Rogelio Castro ella no podía fijarse en nadie, eso le costó la vida a dos forasteros que no creían en apartados. Cuando era chica le encantaba David pero conforme fue creciendo advirtió esas pequeñas taras de las que todos hablaban, Lástima, y que lo hacían tan distinto: la boca siempre abierta, los dientes frontales tan desmesurados...
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