lunes, 20 de febrero de 2017

Desesperación - Stephen King

–¿No lo has visto? –¿Si he visto qué?. Mary miró a Peter, y en la implacable luz del desierto el vio que había palidecido y que en su rostro resaltaban aún más las quemaduras de las mejillas y la frente, donde ni siquiera un bronceador del más alto grado de protección la salvaguardaba por completo de los efectos del sol. Tenía la piel muy clara y se quemaba con facilidad. –En aquella señal. La señal de velocidad máxima. –¿Que tenía de especial? –¡Había un gato muerto, Peter! Clavado o pegado o que se yo. Peter piso el freno y ella súbitamente lo agarro del hombro. –Ni se te ocurra volver atrás -dijo. –Pero… –Pero ¿que? ¿Es que quieres hacerle una foto? Ni hablar. Si vuelvo a verlo, vomitare. –¿Era un gato blanco? – pregunto Peter. Veía por el retrovisor el dorso de una señal, presumiblemente la de velocidad máxima a que se refería, Mary, pero nada más.

Al pasar por delante el iba mirando en otra dirección, contemplando una bandada de aves que volaba hacia unos montes cercanos. En un paraje como aquel no era imprescindible permanecer atento a la carretera todo el tiempo; los habitantes de Nevada describían el tramo de la interestatal 50 que atravesaba su estado como «la carretera más solitaria de América», y en opinión de Peter hacia honor a su fama. Pero el se había criado en Nueva York, y quizá la prolongada exposición a aquellos interminables espacios abiertos empezaba a exceder sus márgenes de tolerancia: agorafobia del desierto, el síndrome del salón de baile o algo por el estilo...


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