lunes, 30 de enero de 2017

El Sol Sangriento - Marion Zimmer Bradley

Leonie Hastur estaba muerta. La anciana leronis, hechicera del Comyn, Celadora de Arilinn, telépata, entrenada en todos los poderes de las ciencias de matriz de Darkover, murió como había vivido, sola, aislada en las alturas de la torre de Arilinn. Ni siquiera su sacerdotisa novicia, la aprendiza Janine Leynier de Storn, supo a qué hora había llegado silenciosamente la muerte a la torre, para llevarse a Leonie a uno de los otros mundos que ella había aprendido a transitar con tanta soltura como si fueran su propio jardín amurallado. Murió sola, y nadie la lloró. Pues, aunque Leonie era temida, reverenciada, venerada casi como una Diosa en todos los Dominios de Darkover, no era amada.

Una vez había sido muy amada. Había habido una época en la que Leonie Hastur había sido joven, bella y casta como una luna distante, y los poetas habían hablado de su gloria, comparándola al rostro exquisitamente centelleante de Liriel, la gran luna violeta de Darkover, o a una Diosa que había descendido para vivir entre los hombres. Había sido adorada por aquellos que vivían bajo su dominio en la torre de Arilinn. Una vez, a pesar de la austeridad de los votos según los cuales vivía (que hubieran convertido en blasfemia indecible el hecho de que algún hombre le rozara las puntas de los dedos), Leonie había sido amada. Pero eso había sido mucho tiempo atrás...



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