viernes, 9 de diciembre de 2016

El pasado nunca cierra los ojos - Chevy Stevens

La primera vez que vi a Heather Simeon estaba encogida sobre sí misma, hecha un ovillo, acostada en la sala de aislamiento del hospital, con una fina manta azul ciñéndole el cuerpo y con unas vendas, blancas y tirantes, alrededor de las muñecas. El pelo rubio le ensombrecía casi todo el rostro. Aun así, seguía desprendiendo cierto aire de refinamiento; había algo especial en aquellos pómulos marcados, apenas visibles a través del velo de pelo, en las cejas de elegante trazo enarcado, la nariz patricia, el delicado contorno de sus labios casi traslúcidos. Sólo las manos estaban hechas un desastre: las cutículas en carne viva y ensangrentadas, las uñas destrozadas.

No parecían mordidas, sino rotas. Como ella. Ya había leído su historial y hablado con el psiquiatra de Urgencias que había tramitado su ingreso la noche anterior, y luego había contrastado todos los datos con el equipo de enfermeras, la mayoría de las cuales tenía años de experiencia en la unidad de cuidados intensivos de Psiquiatría y, además, eran mi mejor fuente de información. Por las mañanas podía estar de quince minutos a una hora pasando visita a mis pacientes, pero el resto del tiempo permanecía en mi consulta del edificio de Salud Mental, recibiendo a los pacientes externos, los que vivían en sociedad. Por eso me gusta llevarme a una enfermera cuando visito a un paciente por primera vez, para poder coordinar todas las etapas del plan de tratamiento. Ese día me acompañaba Michelle, una mujer alegre, con el pelo rubio y rizado, y una sonrisa de oreja a oreja...


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